martes, 31 de agosto de 2010

Robín de agua (Angel Montiel)

Los bárbaros siempre proceden del exterior del sistema, y en contra de lo que se cree, no vienen a destruirlo, sino a instalarse en él; ocurre, sin embargo, que el ímpetu que los anima no admite formas de cortesía al uso, y se presentan arramblando. Los bárbaros de hoy son gente simpática, hasta encantadora, no ofrecen sospecha y, por supuesto, se dejan subvencionar. Quizá ni ellos mismos sepan de la bestialidad que les habita, ni logren sentirse cómodos con la solitaria que les pica y les convierte en fieros, pero su alma de frontera, de zurrupiones en sobrevivencia, de lairolairos de la periferia, les delata sin remisión el cóctel, aunque maquillen su porte de etiqueta. Antes de creerse nada, ya están advertidos de que el arte es una coartada sobre la que se construye un gran fraude que lo empaña. Con la imprudencia de los puros, se lanzan a la cruzada de su propia redención, sin que les puedan parar los viejos trucos: no aceptan maestros, ni inductores, ni padrinos; no se diluyen en la maraña, ni admiten corretajes con su mercancía.

Ángel Haro es un bárbaro del Sudestern que ha urdido su infancia entre bosques de tarais, céspedes de bojas y horizontes de ramblas secas. Ha sobrevivido a dos riadas, ha jugado al tobogán en terraplenes pedregosos, ha capado miles de lagartijas y se le ha hecho de noche en el desierto. También ha aliviado camiones del peso de toneladas de hierro, ha flagelado metales en crudo hasta convertirlos en volutas de reja, y ha vivido la cutre escuela como la liberación del yunque y del martillo. No hay que negar que en su infancia le fue permitido conocer la moda de París, aunque, eso sí, por los callejones del barrio de Belleville, mientras esperaba el toque de sirena que liberara a su padre de la fábrica. En el desamparo de la rambla, al calor de la fragua y en la ribera de la gran metrópoli, ha mamado de ese sabio escepticismo que previene a los hombres de barranco contra todo engaño y manipulación.

El mal de azogue le ha arrojado a la aventura plástica, en la que transparenta su
rancio abolengo de avispa de secarral y su linaje de señor de Vulcano. He aquí la bárbara apuesta de convertir el arte en expresión, sin concesiones, del compromiso personal consigo mismo: el robín de una vida planeando sobre las viscosas cavernas de los sentimientos, los irónicos lagos de la ternura enrobinados por el tiempo...


Para la exposición "Robín de agua"
Murcia, 1989

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