El vuelo era largo. Lorena no podía evitarlo, tenía un miedo atroz a volar. Así que al subir al avión y ocupar su asiento tomó un par de somníferos y pronto entró en un sueño profundo “… Parece que el avión roza su larga panza sobre este manto de nubes blancas alumbradas por la luna llena que me mira y me pregunta porqué hago este viaje. No debí comprometerme, pero no me podía negar… últimamente estoy cansado. Además no me siento seguro con ella en ciertos sitios, es tan imprevisible que no sé, quizá hubiera tenido que ir a Praga o a París… Voy a taparla con la manta. Empieza a bajar la temperatura, no vaya a constiparse …”
Pablo alivió sus pensamientos apoyando la mejilla sobre el cristal helado de la ventanilla, como un pequeño sacrificio infantil que lo ponía a prueba sobre cuanto frío podía soportar sin retirar la cara. Una banalidad, pensó sonriendo.
Tras la cena y la estúpida comedia de los monitores, el enorme interior del Boeing 747 quedó a oscuras y salvo la tibia luz de algún lector insomne se hizo un silencio parecido al dormitorio de un cuartel militar. Las respiraciones alrededor eran cada vez mas espesas formando un coro sordo y pesado. Pablo pensó que le iba a costar dormirse así que conectó sus auriculares. Ben Webster lanzó “In a sentimental mood” con una parsimonia inquietante “…Estos viajes nocturnos deberían durar toda una vida, repostar en vuelo y viajar eternamente escuchando el lamento de un saxo tenor. Es impresionante pensar que uno pueda ir cómodamente sentado a once mil metros de altura y a novecientos kilómetros por hora escuchando lo que un melancólico negro tocó en un club del Village hace más de cuarenta años …” Lorena dio de pronto un giro de ciento ochenta grados a su cuerpo de gacela y su cabeza vino a empotrarse sobre el pecho de Pablo. Su blusa escotada dejaba aflorar la profunda respiración de sus pechos y un soplido caliente hizo un claro en la espectacular melena que le cubría la cara. Ese era el problema de Lorena, la sensación permanente de que la veías por primera vez, lo que te hacía olvidar que era una mujer vulnerable y tremendamente caprichosa. A pesar de eso tenía un atractivo venenoso y por momentos te embargaba el mismo impulso que se siente ante una desconocida. Pablo pasó la mano derecha por debajo de la mantita que cubrían sus piernas y comenzó a indagar entre ellas mientras notaba un pulso ascendente golpeándole las sienes… Lorena balbuceó algunas palabras indescifrables que súbitamente aniquilaron un deseo de lo más inoportuno. El último pensamiento nítido y excéntrico que tuvo antes de dormirse fue para la bíblica soledad de Jonás en el vientre de la ballena. Pobre hombre, susurró mientras Chet Baker lo arrastraba al fondo de la noche….
…. Tee, Coffee..? Tee, Coffee ..? La voz de falsete de la azafata lo sacó de un sueño que se esfumó en el mismo instante en que abrió los ojos. Lorena dormía sobre sus piernas y gruñó cuando él le tocó la cabeza para que se incorporara. Por alguna de las ventanillas de estribor entraba un fuerte golpe de luz caliente que iluminaba los primeros pasajeros despeinados que andaban como zombis por los pasillos en busca del baño. Pablo miró al fondo y divisó la luz roja que indicaba que estaba ocupado y por el trajín que se iniciaba iba a estarlo durante un buen rato.
- Tee, Coffee..?
- Café, gracias... two ! dijo levantando la mano con el signo de victoria.
Lorena se incorporó al olor del café y con un movimiento magistral recogió su pelo en un moño impecable que dejaron al descubierto sus labios y sus ojos hinchados. Los monitores indicaban la proximidad a destino con un pequeño mapa y una serie de valores sobre distancias, altura, velocidad y temperatura exterior.
- Estamos llegando, dijo Pablo. ¿Quieres algo de comer?
- No tengo hambre, estoy nerviosa pero soy feliz, contestó Lorena. Ya estoy deseando pisar África!
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lunes, 28 de marzo de 2011
La niña tatuada. 2- (El calor)
La primera bocanada de aire caliente que penetró en los pulmones de Lorena al salir por la puerta del avión le hicieron plantearse su empeño por venir. La sensación de ahogo y humedad mezclado con los olores a fruta podrida y queroseno la impregnó de un aroma telúrico que iba a acompañarla durante mucho tiempo. Pablo la observaba sin entrometerse y aparentemente distraído no dejaba de observar el más mínimo de sus movimientos.
La terminal del aeropuerto de Abidján no tenía muchos lujos pero al menos los grandes aparatos de aire acondicionado, a parte de ruido, mandaban un chorro de aire fresco al interior que daba una sensación parecida a la brisa del mar “… No lo soporto, siempre tan sobrado. Como si sólo él tuviera la llave para andar por el mundo. Si piensa que me voy a arrugar por el calor está listo el muy capullo… Está guapo con su camisa desabrochada, hablando con el policía de la aduana. Anoche sentí su mano grande buscándome, que pena que estuviera tan dormida…”
- Dame el pasaporte, a ver si tenemos suerte y podemos llegar al hotel antes de las doce.
- Toma y date prisa que me muero de sed. ¡Mierda! Me he dejado la barra de labios en el asiento del avión. ¿Crees que me dejarán subir a buscarla?.
- No creo. Además ya nos toca pasar el control. Estate quieta un momento, ya compraremos otra.
- ¿Otra? ¿Aquí? ¿Dónde voy a encontrar una barra de Chanel en este sitio?
- Lorena , aquí hay de todo si lo puedes pagar.
“ …si lo puedes pagar… Menuda chulería. Me carga cuando es tan suficiente, además me da igual, no pienso pintarme los labios en todo el viaje ya veras como lo nota. La verdad es que hace mucho calor y me noto sucia, a ver si llegamos y me doy una buena ducha…”
En el camino del aeropuerto al hotel el espectáculo de caminantes y precarias construcciones en las orillas de la bacheada autovía enmudecieron a Lorena. Todo tipo de negocios y actividades se anunciaban con ingenuos reclamos pintados sobre las paredes de adobe y chapa de hierro. Peluquerías, talleres mecánicos, constructores de muebles o vendedores de coco. Al fondo, tras las construcciones, la vegetación era densa, de un verde húmedo y profundo “… No puedo quitarme de la garganta esa sensación de fruta podrida, noto la camisa pegada a mi espalda como si fuera un plástico. ¿Cuánto faltará?…” Acercándose a la ciudad la masa de andantes aumentaba en todas las direcciones, cruzando sin previo aviso la carretera que ya se había convertido en una avenida. El taxista, un hombre de edad indefinida y de manos huesudas no parecía sobresaltarse. El tráfico empezaba a ser lento, todo empezaba a ser lento, como si el fin del trayecto se alejara en vez de acercarse. Pablo parecía ensimismado con una leve sonrisa que contagiaba tranquilidad, había encendido un cigarrillo y dejaba que el humo invadiera el interior del vehículo lentamente “…Empiezo a sentir angustia, debe ser el calor…” Lorena sacó la cabeza por la ventanilla. Sin saber de donde salía, la mirada de un niño de apenas diez años que estaba a medio metro del taxi se clavó en sus ojos. De su bracito izquierdo colgaba una bolsa de plástico y con su mano derecha sujetaba la de una niña más pequeña con unos ojos idénticos a los suyos. Evidentemente eran hermanos. La mirada entre ellos se mantuvo fija durante todo el tiempo en que estuvieron parados, que para Lorena fue extrañamente largo, y aun continuó cuando el coche arrancó y Lorena se volvió para verlos por el cristal trasero. Casi estaban desapareciendo, cuando la niña levantó la mano a modo de leve saludo.
- ¡Pare! ¡Stop, Stop! ¡Pare ya!
El grito de Lorena sacó a Pablo de su letargo, y sin poder reaccionar la vio correr por la avenida abajo sorteando vehículos y personas.
- Lorena ¿Qué haces? ¿Estas loca? ¡Vuelve aquí! Pero que hace esta tía…?
Cuando consiguió alcanzarla la encontró desorientada, exhausta, con los ojos vidriosos... No están, no están. Vamos a buscarlos…
- ¿A quien quieres buscar? Venga vamos al coche, te va a dar una insolación aquí en medio.
- Estaban solos, seguro que estaban solos, ¿No has visto a esos niños? quiero volver a verlos…Por favor cariño, vamos a buscarlos no deben estar lejos.
- Venga Lorena, vamos, estás muy nerviosa. Todo el mundo está mirando. Venga…
El taxista seguía sentado serenamente cuando entraron en el interior del vehículo. Pablo la atrajo hacia él aferrándola con fuerza con la intención de trasmitirle seguridad…Tranquila, estamos llegando al hotel. Ahora subimos y te duchas, abrázame.
- C´est la première foie en Afrique pour madame? Dijo el taxista mirando por el retrovisor.
- Oui, elle est un peu fatiguée. Ça va bien merçi.
La terminal del aeropuerto de Abidján no tenía muchos lujos pero al menos los grandes aparatos de aire acondicionado, a parte de ruido, mandaban un chorro de aire fresco al interior que daba una sensación parecida a la brisa del mar “… No lo soporto, siempre tan sobrado. Como si sólo él tuviera la llave para andar por el mundo. Si piensa que me voy a arrugar por el calor está listo el muy capullo… Está guapo con su camisa desabrochada, hablando con el policía de la aduana. Anoche sentí su mano grande buscándome, que pena que estuviera tan dormida…”
- Dame el pasaporte, a ver si tenemos suerte y podemos llegar al hotel antes de las doce.
- Toma y date prisa que me muero de sed. ¡Mierda! Me he dejado la barra de labios en el asiento del avión. ¿Crees que me dejarán subir a buscarla?.
- No creo. Además ya nos toca pasar el control. Estate quieta un momento, ya compraremos otra.
- ¿Otra? ¿Aquí? ¿Dónde voy a encontrar una barra de Chanel en este sitio?
- Lorena , aquí hay de todo si lo puedes pagar.
“ …si lo puedes pagar… Menuda chulería. Me carga cuando es tan suficiente, además me da igual, no pienso pintarme los labios en todo el viaje ya veras como lo nota. La verdad es que hace mucho calor y me noto sucia, a ver si llegamos y me doy una buena ducha…”
En el camino del aeropuerto al hotel el espectáculo de caminantes y precarias construcciones en las orillas de la bacheada autovía enmudecieron a Lorena. Todo tipo de negocios y actividades se anunciaban con ingenuos reclamos pintados sobre las paredes de adobe y chapa de hierro. Peluquerías, talleres mecánicos, constructores de muebles o vendedores de coco. Al fondo, tras las construcciones, la vegetación era densa, de un verde húmedo y profundo “… No puedo quitarme de la garganta esa sensación de fruta podrida, noto la camisa pegada a mi espalda como si fuera un plástico. ¿Cuánto faltará?…” Acercándose a la ciudad la masa de andantes aumentaba en todas las direcciones, cruzando sin previo aviso la carretera que ya se había convertido en una avenida. El taxista, un hombre de edad indefinida y de manos huesudas no parecía sobresaltarse. El tráfico empezaba a ser lento, todo empezaba a ser lento, como si el fin del trayecto se alejara en vez de acercarse. Pablo parecía ensimismado con una leve sonrisa que contagiaba tranquilidad, había encendido un cigarrillo y dejaba que el humo invadiera el interior del vehículo lentamente “…Empiezo a sentir angustia, debe ser el calor…” Lorena sacó la cabeza por la ventanilla. Sin saber de donde salía, la mirada de un niño de apenas diez años que estaba a medio metro del taxi se clavó en sus ojos. De su bracito izquierdo colgaba una bolsa de plástico y con su mano derecha sujetaba la de una niña más pequeña con unos ojos idénticos a los suyos. Evidentemente eran hermanos. La mirada entre ellos se mantuvo fija durante todo el tiempo en que estuvieron parados, que para Lorena fue extrañamente largo, y aun continuó cuando el coche arrancó y Lorena se volvió para verlos por el cristal trasero. Casi estaban desapareciendo, cuando la niña levantó la mano a modo de leve saludo.
- ¡Pare! ¡Stop, Stop! ¡Pare ya!
El grito de Lorena sacó a Pablo de su letargo, y sin poder reaccionar la vio correr por la avenida abajo sorteando vehículos y personas.
- Lorena ¿Qué haces? ¿Estas loca? ¡Vuelve aquí! Pero que hace esta tía…?
Cuando consiguió alcanzarla la encontró desorientada, exhausta, con los ojos vidriosos... No están, no están. Vamos a buscarlos…
- ¿A quien quieres buscar? Venga vamos al coche, te va a dar una insolación aquí en medio.
- Estaban solos, seguro que estaban solos, ¿No has visto a esos niños? quiero volver a verlos…Por favor cariño, vamos a buscarlos no deben estar lejos.
- Venga Lorena, vamos, estás muy nerviosa. Todo el mundo está mirando. Venga…
El taxista seguía sentado serenamente cuando entraron en el interior del vehículo. Pablo la atrajo hacia él aferrándola con fuerza con la intención de trasmitirle seguridad…Tranquila, estamos llegando al hotel. Ahora subimos y te duchas, abrázame.
- C´est la première foie en Afrique pour madame? Dijo el taxista mirando por el retrovisor.
- Oui, elle est un peu fatiguée. Ça va bien merçi.
La niña tatuada. 3- (Monsieur Amadou)
Cuando entró en la habitación, Lorena aún dormía boca abajo dibujando una hermosa diagonal sobre la cama. Pablo descorrió las cortinas, abrió las ventanas y dejó entrar la atmósfera ruidosa de la ciudad.
- Venga, dúchate y baja a desayunar. Hay un montones de frutas de todo tipo. Pablo zarandeó una de sus nalgas. Su culo estaba tibio como un flan recién hecho.
- Huumm… huumm... ¿Qué hora es?
- Las ocho y cuarto. Yo ya he desayunado, nos esperan a las nueve.
- ¿A las nueve? ¿Quién? ¿Donde vamos?
- Salimos de la ciudad. Te va a gustar.
- ¿Qué pasó ayer tarde? No recuerdo nada.
- Estabas muy excitada y te di un somnífero. Has estado durmiendo toda la tarde y toda la noche.
- ¿Y tu que hiciste?
- Me di una vuelta, cené y me tomé una copa en el bar del hotel. Conocí un hombre que sale hoy para el interior, dice que no le importa llevarnos así no hace el viaje solo. Yo pensaba contratar un transporte pero se ofreció y pensé que nos podía contar cosas del país. Siempre es más interesante.
Lorena se había vuelto boca arriba y rodeaba las piernas de Pablo con las suyas atrayéndolo hacia la cama.
- Yo pensaba que este viaje era para estar solos. Dijo con un tono de falsa inocencia mientras daba un impulso definitivo al cuerpo de Pablo para que cayera.
La respiración de Pablo se hizo más intensa al notar los pechos punzantes de Lorena sobre su tórax. El enorme lazo que formaban las piernas alrededor de su cintura no le permitían mucha maniobra, y la gran melena negra desparramada sobre la cama tenía sobre él un efecto fulminante. Lorena se desperezó con fuerza poniendo en evidencia toda la exhuberancia de su cuerpo. Sabía que Pablo estaba indefenso cuando ella decidía abrirse como una rosa “…Todavía tengo ese extraño sabor en la garganta. Me gusta tanto sentir su peso sobre mí, aplastando mis pechos como si fuera a cortarme la respiración. Ahora recuerdo ese niño…Dios mío sus ojos…”
- Bésame…
- Tenemos que…. Lorena no le dejó acabar la frase atrayéndolo con toda su fuerza, fundiéndose con él en un beso largo y húmedo, mientras con una mano y la ayuda de sus pies descalzos conseguía quitarle los pantalones de lino.
- Dime que vamos a tener un hijo después de este viaje, dímelo. Estoy segura de que esta vez es posible, lo noto. Ven, vamos a intentarlo con todas nuestras fuerzas.
- Sabes que me gustaría, pero ya nos han dicho… Pablo la besaba con ansiedad, notaba el contacto de sus sexos desnudos así que se abandonó al delirio intentando cambiar de un golpe el curso de la vida…
- Discúlpenos. ¿Lleva mucho tiempo esperando? Mi mujer ha pasado una mala noche y ha tardado en levantarse. Ya está mucho mejor. Lorena … Monsieur Amadou.
- Bienvenida, espero que su estancia en mi país sea de su agrado.
- Gracias.
Monsieur Amadou era un hombre corpulento de unos cincuenta años. Bien vestido, al modo europeo, su tono era hondo y tranquilo como si la voz le saliera directamente del fondo del estómago. Hablaba un Español bastante correcto con un acento nasal, arrastrando notablemente la erre.
- Je vous en pris madame. Monsieur Amadou abrió una de las puertas traseras del Toyota 4x4 para que Lorena subiera. Era un vehículo de gama alta con asientos forrados en cuero beige y cristales ahumados.
- Merçi. Es usted muy amable.
Pablo entretanto había colocado el equipaje en el maletero y se dispuso a subir al asiento del copiloto.
El sol ya estaba alto en el cielo y el aire que entraba por las ventanillas empezaba a ser sofocante. La ciudad seguía en un continuo trasiego de objetos sobre los más diversos ingenios cuando no directamente sobre la cabeza de las mujeres que en un equilibrio imposible hacían toda suerte de movimientos sin que por ello corriera riesgo de caerse la carga.
- …Entonces llegaron ayer en el vuelo de las once. Ya han visto que nuestro clima es muy diferente al suyo.
- Bueno, yo había venido antes, pero para ella es la primera vez. Espero que pronto se acostumbre. ¿Verdad Lorena ?
- Si, eso espero. ¿Le importaría conectar el aire acondicionado?
- Excusé moi, debí haberlo conectado antes. Yo lo uso poco, pero para ustedes es normal. Monsieur Amadou cerró las ventanillas y conectó un potente sistema de refrigeración que hizo efecto en pocos minutos.
- Cuando era pequeño hacía este trayecto andando con mi padre, tardábamos cuatro días en llegar a la ciudad, pasábamos las noches a orillas de esta carretera que entonces era un camino. Siempre había alguien más que iba o venía y dormíamos alrededor del fuego oyendo las historias que contaban los mayores. Era un viaje largo y fatigoso pero lleno de misterio para un niño. Los cuentos y los cantos iluminados por la hoguera mientras miraba al cielo repleto de estrellas. El miedo a los animales que merodeaban por la maleza y que mi padre intentaba apaciguar enseñándonos a distinguir cada sonido… Ahora lo recuerdo con mucha emoción.
- Debía ser muy distinto. Parece que la vida ha cambiado mucho desde entonces.
- África ha cambiado mucho. La independencia trajo una gran euforia, soñábamos con ser respetados en el resto del mundo, pero fue un espejismo pasajero. Volvieron las guerras, la corrupción se instaló de manos de los militares y los traficantes internacionales. Algunos trabajaban para los propios gobiernos ex coloniales y nos convertimos en un surtidor de materia prima sin que importara mucho la suerte que corrían las personas. África se llenó de vehículos usados y camisetas de propaganda pero la infraestructura nunca llegó. Yo tuve suerte, entonces trabajaba como oficinista para una empresa de exportación francesa y pude irme a la sede central que estaba en Lyon.
- Habla usted muy bien español. ¿Dónde lo aprendió?
- Bueno, pasé seis años en Barcelona destinado por la misma compañía, teníamos una oficina en el puerto. Tengo un buen recuerdo de España. Entonces apenas había negros y siempre me sentía observado cuando paseaba por las Ramblas o iba a aquella sala de baile, ¿como se llamaba?… El Molino. Las mujeres no se atrevían a bailar conmigo, yo creo que les daba miedo. Al final tuve un pequeño romance con una de las chicas del puerto. Amparo se llamaba… Luego volví.
- No quiero ser indiscreto pero no parece irle mal ahora.
- Con lo que había aprendido en Europa monté mi propia empresa, viajo mucho y procuro formar a alguna gente para que no tengan que emigrar, el problema es que se van los más preparados, como hice yo. Así que pensé que era mejor aprovechar mis conocimientos para construir algo en mi país y he creado una organización para el desarrollo que financio personalmente junto a otros empresarios africanos. Con el tiempo he aprendido que no se puede esperar que el mundo vaya a salvar el continente, África solo será lo que los africanos puedan conseguir. Por eso creo que no nos ayuda esa idea lastimosa que tienen de nosotros. ¿Imaginan que pensaríamos de ustedes si lo que nos llegara de Europa fuera la imagen de los niños en los barrios pobres de sus grandes ciudades? Aquí también reímos y tenemos esperanza en el futuro. Este es un continente cargado de posibilidades. Mire ¿No es realmente hermoso?
El paisaje había cambiado sensiblemente. Hacía tiempo que la carretera se deslizaba por la sabana bajo un cielo azul intenso. De vez en cuando, bordeando la carretera, un grupo de personas se protegían bajo alguna sombra o andaban con grandes paraguas. En el horizonte, una monumental cordillera de nubes grises y blancas enmarcaban las jacarandas que parecían correr como enormes jirafas. Pablo se volvió para ver a Lorena.
- ¿Cómo estas?
- Ahora muy bien, este paisaje es realmente sedante. Por cierto ¿Dónde vamos exactamente?
- Ya le dije anoche a su marido. Les llevo hasta Nmopte, es mi pueblo donde vive mi familia, llegaremos al caer el sol. Pueden quedarse el tiempo que quieran, desde allí les consigo un coche con chofer si es que quieren viajar al norte.
- Venga, dúchate y baja a desayunar. Hay un montones de frutas de todo tipo. Pablo zarandeó una de sus nalgas. Su culo estaba tibio como un flan recién hecho.
- Huumm… huumm... ¿Qué hora es?
- Las ocho y cuarto. Yo ya he desayunado, nos esperan a las nueve.
- ¿A las nueve? ¿Quién? ¿Donde vamos?
- Salimos de la ciudad. Te va a gustar.
- ¿Qué pasó ayer tarde? No recuerdo nada.
- Estabas muy excitada y te di un somnífero. Has estado durmiendo toda la tarde y toda la noche.
- ¿Y tu que hiciste?
- Me di una vuelta, cené y me tomé una copa en el bar del hotel. Conocí un hombre que sale hoy para el interior, dice que no le importa llevarnos así no hace el viaje solo. Yo pensaba contratar un transporte pero se ofreció y pensé que nos podía contar cosas del país. Siempre es más interesante.
Lorena se había vuelto boca arriba y rodeaba las piernas de Pablo con las suyas atrayéndolo hacia la cama.
- Yo pensaba que este viaje era para estar solos. Dijo con un tono de falsa inocencia mientras daba un impulso definitivo al cuerpo de Pablo para que cayera.
La respiración de Pablo se hizo más intensa al notar los pechos punzantes de Lorena sobre su tórax. El enorme lazo que formaban las piernas alrededor de su cintura no le permitían mucha maniobra, y la gran melena negra desparramada sobre la cama tenía sobre él un efecto fulminante. Lorena se desperezó con fuerza poniendo en evidencia toda la exhuberancia de su cuerpo. Sabía que Pablo estaba indefenso cuando ella decidía abrirse como una rosa “…Todavía tengo ese extraño sabor en la garganta. Me gusta tanto sentir su peso sobre mí, aplastando mis pechos como si fuera a cortarme la respiración. Ahora recuerdo ese niño…Dios mío sus ojos…”
- Bésame…
- Tenemos que…. Lorena no le dejó acabar la frase atrayéndolo con toda su fuerza, fundiéndose con él en un beso largo y húmedo, mientras con una mano y la ayuda de sus pies descalzos conseguía quitarle los pantalones de lino.
- Dime que vamos a tener un hijo después de este viaje, dímelo. Estoy segura de que esta vez es posible, lo noto. Ven, vamos a intentarlo con todas nuestras fuerzas.
- Sabes que me gustaría, pero ya nos han dicho… Pablo la besaba con ansiedad, notaba el contacto de sus sexos desnudos así que se abandonó al delirio intentando cambiar de un golpe el curso de la vida…
- Discúlpenos. ¿Lleva mucho tiempo esperando? Mi mujer ha pasado una mala noche y ha tardado en levantarse. Ya está mucho mejor. Lorena … Monsieur Amadou.
- Bienvenida, espero que su estancia en mi país sea de su agrado.
- Gracias.
Monsieur Amadou era un hombre corpulento de unos cincuenta años. Bien vestido, al modo europeo, su tono era hondo y tranquilo como si la voz le saliera directamente del fondo del estómago. Hablaba un Español bastante correcto con un acento nasal, arrastrando notablemente la erre.
- Je vous en pris madame. Monsieur Amadou abrió una de las puertas traseras del Toyota 4x4 para que Lorena subiera. Era un vehículo de gama alta con asientos forrados en cuero beige y cristales ahumados.
- Merçi. Es usted muy amable.
Pablo entretanto había colocado el equipaje en el maletero y se dispuso a subir al asiento del copiloto.
El sol ya estaba alto en el cielo y el aire que entraba por las ventanillas empezaba a ser sofocante. La ciudad seguía en un continuo trasiego de objetos sobre los más diversos ingenios cuando no directamente sobre la cabeza de las mujeres que en un equilibrio imposible hacían toda suerte de movimientos sin que por ello corriera riesgo de caerse la carga.
- …Entonces llegaron ayer en el vuelo de las once. Ya han visto que nuestro clima es muy diferente al suyo.
- Bueno, yo había venido antes, pero para ella es la primera vez. Espero que pronto se acostumbre. ¿Verdad Lorena ?
- Si, eso espero. ¿Le importaría conectar el aire acondicionado?
- Excusé moi, debí haberlo conectado antes. Yo lo uso poco, pero para ustedes es normal. Monsieur Amadou cerró las ventanillas y conectó un potente sistema de refrigeración que hizo efecto en pocos minutos.
- Cuando era pequeño hacía este trayecto andando con mi padre, tardábamos cuatro días en llegar a la ciudad, pasábamos las noches a orillas de esta carretera que entonces era un camino. Siempre había alguien más que iba o venía y dormíamos alrededor del fuego oyendo las historias que contaban los mayores. Era un viaje largo y fatigoso pero lleno de misterio para un niño. Los cuentos y los cantos iluminados por la hoguera mientras miraba al cielo repleto de estrellas. El miedo a los animales que merodeaban por la maleza y que mi padre intentaba apaciguar enseñándonos a distinguir cada sonido… Ahora lo recuerdo con mucha emoción.
- Debía ser muy distinto. Parece que la vida ha cambiado mucho desde entonces.
- África ha cambiado mucho. La independencia trajo una gran euforia, soñábamos con ser respetados en el resto del mundo, pero fue un espejismo pasajero. Volvieron las guerras, la corrupción se instaló de manos de los militares y los traficantes internacionales. Algunos trabajaban para los propios gobiernos ex coloniales y nos convertimos en un surtidor de materia prima sin que importara mucho la suerte que corrían las personas. África se llenó de vehículos usados y camisetas de propaganda pero la infraestructura nunca llegó. Yo tuve suerte, entonces trabajaba como oficinista para una empresa de exportación francesa y pude irme a la sede central que estaba en Lyon.
- Habla usted muy bien español. ¿Dónde lo aprendió?
- Bueno, pasé seis años en Barcelona destinado por la misma compañía, teníamos una oficina en el puerto. Tengo un buen recuerdo de España. Entonces apenas había negros y siempre me sentía observado cuando paseaba por las Ramblas o iba a aquella sala de baile, ¿como se llamaba?… El Molino. Las mujeres no se atrevían a bailar conmigo, yo creo que les daba miedo. Al final tuve un pequeño romance con una de las chicas del puerto. Amparo se llamaba… Luego volví.
- No quiero ser indiscreto pero no parece irle mal ahora.
- Con lo que había aprendido en Europa monté mi propia empresa, viajo mucho y procuro formar a alguna gente para que no tengan que emigrar, el problema es que se van los más preparados, como hice yo. Así que pensé que era mejor aprovechar mis conocimientos para construir algo en mi país y he creado una organización para el desarrollo que financio personalmente junto a otros empresarios africanos. Con el tiempo he aprendido que no se puede esperar que el mundo vaya a salvar el continente, África solo será lo que los africanos puedan conseguir. Por eso creo que no nos ayuda esa idea lastimosa que tienen de nosotros. ¿Imaginan que pensaríamos de ustedes si lo que nos llegara de Europa fuera la imagen de los niños en los barrios pobres de sus grandes ciudades? Aquí también reímos y tenemos esperanza en el futuro. Este es un continente cargado de posibilidades. Mire ¿No es realmente hermoso?
El paisaje había cambiado sensiblemente. Hacía tiempo que la carretera se deslizaba por la sabana bajo un cielo azul intenso. De vez en cuando, bordeando la carretera, un grupo de personas se protegían bajo alguna sombra o andaban con grandes paraguas. En el horizonte, una monumental cordillera de nubes grises y blancas enmarcaban las jacarandas que parecían correr como enormes jirafas. Pablo se volvió para ver a Lorena.
- ¿Cómo estas?
- Ahora muy bien, este paisaje es realmente sedante. Por cierto ¿Dónde vamos exactamente?
- Ya le dije anoche a su marido. Les llevo hasta Nmopte, es mi pueblo donde vive mi familia, llegaremos al caer el sol. Pueden quedarse el tiempo que quieran, desde allí les consigo un coche con chofer si es que quieren viajar al norte.
La niña tatuada. 4- (Nmopte)
La mañana en el pueblo era bulliciosa, aunque el ritmo era más suave que el de la ciudad. Un baobab articulaba el trafico matinal bajo el cual se habían construido algunos bancos con troncos. Los niños jugaban al fútbol en una explanada polvorienta con dos porterías improvisadas y las mujeres con sus grandes fardos en la cabeza aparecían y desaparecían entre las casitas. Los hombres andaban sin ocupación aparente parándose a conversar en la calle. Bajo una enorme tapia pintada con un anagrama de Coca cola desconchado se instalaban los puestos precarios del mercado. Eran pequeñas construcciones de palos con un retal estampado a modo de techo y sobre el suelo una estera donde se instalaba la mercancía. En uno de los puestos una gran venus de ébano, recostada de lado, espantaba moscas con un trozo de cartón.
- Bonjour madame. Vouler vous des oeufs? Regarder, ils son très bons.
- ¿Qué dice?
- Que si quieres huevos frescos. Vamos a comprar algo y se lo llevamos a la cuñada de Monsieur Amadou, fueron muy amables anoche y deberíamos ser agradecidos.
- Es que vous avais du poulet a vendre? Preguntó Pablo en su francés funcional.
- Attender monsieur, j´appèlle.
La mujer metió la mano derecha entre sus enormes pechos y sacó un Nokia con el que hizo una consulta en una lengua incomprensible. Cuando confirmó que podía venderles un par de pollos les indicó que se dirigieran a la última casa de la calle donde les estaba esperando uno de sus hijos. En efecto, en la puerta de una construcción pintada de azul turquesa esperaba un chavalín de unos trece años con una enorme sonrisa. Sin decir ni una palabra les indicó que lo siguieran y pasaran al patio. La casa tenía un suelo de cemento oscuro recién regado, había pocos muebles. Directamente sobre el suelo un gran aparato de televisión emitía un partido de fútbol. ..Barcelona – Manchester, este partido fue hace dos años lo recuerdo perfectamente. Nunca dejarán de asombrarme estas cosas.. Lorena también miró instintivamente al televisor. En las paredes entre un póster de David Beckham y otro de Madonna colgaba un antiguo ventilador. Todo se conectaba a un transformador envuelto por un inquietante ovillo de cables que se perdían por el interior. El patio era grande con un suelo irregular como una rocalla llena de polvo. Toda suerte de animales domésticos convivían con una enorme antena parabólica anclada al suelo por una estrafalaria estructura metálica. En concreto un gallo se posaba sobre ella como si fuera un adorno. Alguna cabra, un burrito, dos perros, y una docena de gallinas y pollos pululaban alrededor o se protegían bajo su sombra. También una vieja motocicleta de la que no podía saberse si aún estaba en uso o abandonada, se apoyaba sobre el tronco de un arbusto. El niño que dominaba sobradamente aquel espacio tenía ya en el suelo dos pollos atados por las patas y listos para llevar. Pablo cogió la mercancía que dio un par de aletazos y preguntó al niño.
- Combient ?
- Deux cent s´il vous plais monsieur.
- Voila. Dijo Pablo dándole el dinero al chaval. ¿Vamos Lorena ? ¿Que haces?
Completamente paralizada, Lorena se encontraba en el fondo del patio agachada con la mirada fija en el interior de una caseta hecha de bidones de aceite industrial.
- Venga mujer que estos bichos se mueven como diablos y me van a destrozar las manos.
- Mira Pablo, por Dios ¿Qué es esto?
En el interior de la caseta, casi a oscuras, una niña adolescente sentada sobre una estera sostenía entre sus brazos un conejo blanco que comía de sus manos.
- ¿Qué tiene de extraordinario? Es una chica cuidando un conejo.
- Pero, mira su cara y sus manos.
Cuando Pablo fijó la mirada y su retina se acostumbró a la penumbra, percibió el estampado abigarrado de un sin fin de dibujos sobre la piel de aquella criatura. Al principio pensó que se debía a la luz, que al pasar por una superficie translúcida provocaba un efecto confuso sobre su cuerpo, pero asomando la cabeza al interior confirmó que la totalidad de su cuerpo estaba tatuado. Sólo sus ojos se libraban de aquel ornamento excesivo ya que incluso bajo los claros de su fina cabellera aparecían diversas y confusas inscripciones que se superponían sin ningún orden estético. Se cubría con una vieja camiseta verde demasiado grande para ella y contra la pared apoyaba un fusil de asalto AK 47. Pablo los conocía, los había visto en ciudades en manos de la policía militar o de algún guardia privado… ¿Qué le ha pasado a esta chica?¿Qué hace con ese arma oxidada?¿Por qué no aparta las moscas de su cara?… Ella seguía acariciando al conejo abstraída como si en aquella minúscula cueva estuviera el centro del universo, ya que no prestó atención a los intrusos que hacía rato la observaban desde la puerta.
- ¿Cómo te llamas? Sal, ven conmigo. No te voy a hacer daño, dijo Lorena apartando a Pablo de la puerta y tendiendo la mano hacia ella.
La muchacha levantó la mirada y la fijó con fuerza en Lorena, mostrando la tristeza de unos ojos profundos mientras peinaba con los dedos el lomo peludo del animalito.
- Dios mío. ¿Quién te ha hecho eso?
Lorena sin dar crédito a lo que estaba viendo, se volvió hacia el niño y le preguntó.
- ¿Es tu hermana?
El niño ofreció una espléndida sonrisa por toda respuesta.
- Bonjour madame. Vouler vous des oeufs? Regarder, ils son très bons.
- ¿Qué dice?
- Que si quieres huevos frescos. Vamos a comprar algo y se lo llevamos a la cuñada de Monsieur Amadou, fueron muy amables anoche y deberíamos ser agradecidos.
- Es que vous avais du poulet a vendre? Preguntó Pablo en su francés funcional.
- Attender monsieur, j´appèlle.
La mujer metió la mano derecha entre sus enormes pechos y sacó un Nokia con el que hizo una consulta en una lengua incomprensible. Cuando confirmó que podía venderles un par de pollos les indicó que se dirigieran a la última casa de la calle donde les estaba esperando uno de sus hijos. En efecto, en la puerta de una construcción pintada de azul turquesa esperaba un chavalín de unos trece años con una enorme sonrisa. Sin decir ni una palabra les indicó que lo siguieran y pasaran al patio. La casa tenía un suelo de cemento oscuro recién regado, había pocos muebles. Directamente sobre el suelo un gran aparato de televisión emitía un partido de fútbol. ..Barcelona – Manchester, este partido fue hace dos años lo recuerdo perfectamente. Nunca dejarán de asombrarme estas cosas.. Lorena también miró instintivamente al televisor. En las paredes entre un póster de David Beckham y otro de Madonna colgaba un antiguo ventilador. Todo se conectaba a un transformador envuelto por un inquietante ovillo de cables que se perdían por el interior. El patio era grande con un suelo irregular como una rocalla llena de polvo. Toda suerte de animales domésticos convivían con una enorme antena parabólica anclada al suelo por una estrafalaria estructura metálica. En concreto un gallo se posaba sobre ella como si fuera un adorno. Alguna cabra, un burrito, dos perros, y una docena de gallinas y pollos pululaban alrededor o se protegían bajo su sombra. También una vieja motocicleta de la que no podía saberse si aún estaba en uso o abandonada, se apoyaba sobre el tronco de un arbusto. El niño que dominaba sobradamente aquel espacio tenía ya en el suelo dos pollos atados por las patas y listos para llevar. Pablo cogió la mercancía que dio un par de aletazos y preguntó al niño.
- Combient ?
- Deux cent s´il vous plais monsieur.
- Voila. Dijo Pablo dándole el dinero al chaval. ¿Vamos Lorena ? ¿Que haces?
Completamente paralizada, Lorena se encontraba en el fondo del patio agachada con la mirada fija en el interior de una caseta hecha de bidones de aceite industrial.
- Venga mujer que estos bichos se mueven como diablos y me van a destrozar las manos.
- Mira Pablo, por Dios ¿Qué es esto?
En el interior de la caseta, casi a oscuras, una niña adolescente sentada sobre una estera sostenía entre sus brazos un conejo blanco que comía de sus manos.
- ¿Qué tiene de extraordinario? Es una chica cuidando un conejo.
- Pero, mira su cara y sus manos.
Cuando Pablo fijó la mirada y su retina se acostumbró a la penumbra, percibió el estampado abigarrado de un sin fin de dibujos sobre la piel de aquella criatura. Al principio pensó que se debía a la luz, que al pasar por una superficie translúcida provocaba un efecto confuso sobre su cuerpo, pero asomando la cabeza al interior confirmó que la totalidad de su cuerpo estaba tatuado. Sólo sus ojos se libraban de aquel ornamento excesivo ya que incluso bajo los claros de su fina cabellera aparecían diversas y confusas inscripciones que se superponían sin ningún orden estético. Se cubría con una vieja camiseta verde demasiado grande para ella y contra la pared apoyaba un fusil de asalto AK 47. Pablo los conocía, los había visto en ciudades en manos de la policía militar o de algún guardia privado… ¿Qué le ha pasado a esta chica?¿Qué hace con ese arma oxidada?¿Por qué no aparta las moscas de su cara?… Ella seguía acariciando al conejo abstraída como si en aquella minúscula cueva estuviera el centro del universo, ya que no prestó atención a los intrusos que hacía rato la observaban desde la puerta.
- ¿Cómo te llamas? Sal, ven conmigo. No te voy a hacer daño, dijo Lorena apartando a Pablo de la puerta y tendiendo la mano hacia ella.
La muchacha levantó la mirada y la fijó con fuerza en Lorena, mostrando la tristeza de unos ojos profundos mientras peinaba con los dedos el lomo peludo del animalito.
- Dios mío. ¿Quién te ha hecho eso?
Lorena sin dar crédito a lo que estaba viendo, se volvió hacia el niño y le preguntó.
- ¿Es tu hermana?
El niño ofreció una espléndida sonrisa por toda respuesta.
La niña tatuada. 5- (Olombé)
Monsieur Amadou cambió de indumentaria nada mas llegar a Nmopte. Una camisa ancha, por las rodillas, y un pantalón estampado con grandes dibujos geométricos marrones y verdes. Aún siendo una prenda popular, su calidad era superior a las que llevaban los otros hombres del pueblo. Parecía una persona querida ya que todos lo saludaban por la calle y hasta llegaban a la casa para hacerle las consultas más dispares. Pablo dejó los pollos sobre la mesa de la estancia principal que servía también de cocina. Mahiya, la cuñada de Monsieur Amadou, apareció envuelta en un kekoe rojo con el que sujetaba el bebé a su espalda, cogió los pollos y salió por la puerta.
- Desde que mi hermano murió procuro que no les falte de nada y tampoco a mis padres que viven cerca. Ella duerme en su casa para no estar sola con la niña.
- Comprendo…
- ¿Qué les ha parecido el pueblo? Preguntó amablemente Monsieur Amadou. No es muy grande pero hay todo lo necesario para vivir. Si quieren darse un baño tienen un río a quince minutos andando hacia el este, el agua está limpia y no es muy profundo. También pueden coger mi coche.
- Gracias…
- Hay que evitar el amanecer y el atardecer, por los cocodrilos que salen a comer. Si llevan a algunos niños ellos les dirán dónde y cuándo es más adecuado bañarse.
- Si, está bien…
Lorena mantenía en su retina la imagen tatuada de la muchacha. Realmente no podía recordar sus rasgos exactos pero veía cómo las líneas verdosas atravesaban su cara y su pequeños miembros “… No me gusta el silencio de su expresión, ya lo he visto otras veces, además hoy tampoco se ha maquillado… Deberíamos irnos de este pueblo antes de que tenga otra crisis, lo de esta mañana la ha trastornado…” De la calle entró el sonido de un aleteo y un piar frenéticos. Mahiya entró con las aves sacrificadas colgando de su mano y Lorena siguió con la mirada la trayectoria de aquella mujer con su carga de vida y muerte. Entonces inició un profundo suspiro que acabó en un golpe de tos, tras el cual rompió a llorar con un llanto profundo. Su ojos se llenaron de lágrimas y su mirada se perdió por las paredes. Pablo intentó abrazarla pero ella escabullía la cabeza de entre sus brazos para seguir un punto imaginario, como si alguien estuviese ante ella. Los espasmos aumentaban ahogándola de tal manera que empezó sollozar, mientras apretaba con fuerza su vientre con las manos y un denso sabor a queroseno volvió a impregnarle la garganta. Pablo, envolviéndola con su cuerpo la arrastró con fuerza hacia la habitación que ocupaban en la casa.
- No sé que le pasa, está muy afectada. Disculpen esta situación…dijo Pablo entrando de nuevo en la estancia.
- No se preocupe, siempre es mejor así. La sabia amarga de un árbol debe salir cuanto antes por la herida. Su esposa es una mujer muy sensible, quizá ha visto algo que la ha impresionado. En África hay cosas con las que ustedes no están familiarizados ¿Qué ha sucedido esta mañana?
- No, nada importante. Estuvimos dando un paseo, después fuimos al mercado… Bueno pasó algo que… no se, nos inquietó… Pablo contó a Monsieur Amadou lo que habían visto en aquella casa.
- Es la primera vez que oigo hablar de esa muchacha, desde luego no es de aquí. Conozco a esa familia y sólo tienen hijos varones. Voy a ver qué sabe Mahiya de este asunto, usted vuelva con su mujer, nos vemos a la hora de comer.
- Esta es una especialidad de mi madre, pollo asado con puré de higos y arroz. En mi casa hay una gran higuera bajo la que se sientan los viejos de la calle para hablar. Creo que es la mas grande del pueblo. ¿Quieren cerveza? Aquí tenemos algunas variedades que no están mal.
- Yo si, gracias. Pablo acercó su vaso. Lorena ¿tu quieres un poco?
- No. Prefiero agua… No te preocupes estoy bien.
Mahiya trajo unas tortas de harina recién hechas envueltas en un trapo y las dejó sobre un plato de cristal en el centro de la mesa. Después se despidió con una sonrisa.
- Cojan una, pero no se quemen, aún están calientes.
- ¿No come con nosotros? Preguntó Lorena mirando hacia la puerta.
- No. Ella come con mis padres así les ayuda en la casa. El sábado por la noche hay una gran fiesta en la puerta, tienen que venir. Mi padre celebra todos los años la llegada del verano, él piensa que es la mejor época del año.
- Monsieur Amadou ¿Qué ha averiguado de la muchacha tatuada?
- …Bien, Mahiya me ha contado la historia. Por lo menos es lo que le ha dicho Madame Ohunma, la mujer con la que vive. La chica venía en un convoy militar que pasó hace cosa de dos meses, la llevaban hacia el norte de donde procedían la mayoría de ellos. El caso es que fue raptada siendo niña y vendida a la guerrilla como niño soldado. Al principio nadie se percató de que era una chica, pero cuando se descubrió tuvo que aguantar la violación sistemática de los guerrilleros e incluso de otros adolescentes raptados como ella. Después fue canjeada por armas y llevada a la frontera para combatir al otro lado, parece que es muy diestra con el Kalasnikov y que nunca se separa de él. Allí siguieron las violaciones y estuvo combatiendo seis años. Una noche con una granada de mano hizo estallar varios vehículos y mientras los guerrilleros intentaban apagar el fuego se escapó. Estuvo andando durante diez días hasta que cruzó de nuevo la frontera y en su huida mató a varios de sus perseguidores. La encontraron ya medio muerta y delirando, esa es una zona montañosa llena de animales peligrosos. Entonces se sumó al convoy.
- ¿Y los tatuajes? ¿Porqué? Tiene por todo el cuerpo. Dijo Lorena.
- Los soldados le contaron a Madame Ohunma que cuando los guerrilleros descubren a una mujer entre sus filas, suelen tatuarle el cuerpo para marcarla y que no pueda volver a su pueblo por vergüenza, así se aseguran de que no escapará. Esa es una tradición antigua de algunas tribus guerreras del sur.
- Pero esos tatuajes no parecen significar nada, son simples líneas, textos confusos y dibujos torpes. No tienen sentido.
- Antiguamente solo tatuaba el guerrero mas viejo y experimentado, había una serie de signos propios para cada tribu. Ahora los hacen jóvenes guerrilleros cuando están borrachos, ya han perdido toda referencia ritual. Ellos también fueron sometidos a humillaciones cuando se alistaron así que repiten las mismas prácticas. Solo es una excusa para ejercitar su crueldad y divertirse. Así son las guerras en África.
- ¿Y porqué se quedó aquí?
- Madame Ohunma es una buena mujer. Cuando vio a la chica le ofreció quedarse con ella, ya que una vez que llegara al destacamento los soldados no podrían acogerla. Ahora ayuda a cuidar de los animales, dice que es muy dulce y que habla poco, pero que no hay manera de que deje el arma.
- ¿Mahiya le ha dicho como se llama la chica?
- Se llama Olombé.
- Desde que mi hermano murió procuro que no les falte de nada y tampoco a mis padres que viven cerca. Ella duerme en su casa para no estar sola con la niña.
- Comprendo…
- ¿Qué les ha parecido el pueblo? Preguntó amablemente Monsieur Amadou. No es muy grande pero hay todo lo necesario para vivir. Si quieren darse un baño tienen un río a quince minutos andando hacia el este, el agua está limpia y no es muy profundo. También pueden coger mi coche.
- Gracias…
- Hay que evitar el amanecer y el atardecer, por los cocodrilos que salen a comer. Si llevan a algunos niños ellos les dirán dónde y cuándo es más adecuado bañarse.
- Si, está bien…
Lorena mantenía en su retina la imagen tatuada de la muchacha. Realmente no podía recordar sus rasgos exactos pero veía cómo las líneas verdosas atravesaban su cara y su pequeños miembros “… No me gusta el silencio de su expresión, ya lo he visto otras veces, además hoy tampoco se ha maquillado… Deberíamos irnos de este pueblo antes de que tenga otra crisis, lo de esta mañana la ha trastornado…” De la calle entró el sonido de un aleteo y un piar frenéticos. Mahiya entró con las aves sacrificadas colgando de su mano y Lorena siguió con la mirada la trayectoria de aquella mujer con su carga de vida y muerte. Entonces inició un profundo suspiro que acabó en un golpe de tos, tras el cual rompió a llorar con un llanto profundo. Su ojos se llenaron de lágrimas y su mirada se perdió por las paredes. Pablo intentó abrazarla pero ella escabullía la cabeza de entre sus brazos para seguir un punto imaginario, como si alguien estuviese ante ella. Los espasmos aumentaban ahogándola de tal manera que empezó sollozar, mientras apretaba con fuerza su vientre con las manos y un denso sabor a queroseno volvió a impregnarle la garganta. Pablo, envolviéndola con su cuerpo la arrastró con fuerza hacia la habitación que ocupaban en la casa.
- No sé que le pasa, está muy afectada. Disculpen esta situación…dijo Pablo entrando de nuevo en la estancia.
- No se preocupe, siempre es mejor así. La sabia amarga de un árbol debe salir cuanto antes por la herida. Su esposa es una mujer muy sensible, quizá ha visto algo que la ha impresionado. En África hay cosas con las que ustedes no están familiarizados ¿Qué ha sucedido esta mañana?
- No, nada importante. Estuvimos dando un paseo, después fuimos al mercado… Bueno pasó algo que… no se, nos inquietó… Pablo contó a Monsieur Amadou lo que habían visto en aquella casa.
- Es la primera vez que oigo hablar de esa muchacha, desde luego no es de aquí. Conozco a esa familia y sólo tienen hijos varones. Voy a ver qué sabe Mahiya de este asunto, usted vuelva con su mujer, nos vemos a la hora de comer.
- Esta es una especialidad de mi madre, pollo asado con puré de higos y arroz. En mi casa hay una gran higuera bajo la que se sientan los viejos de la calle para hablar. Creo que es la mas grande del pueblo. ¿Quieren cerveza? Aquí tenemos algunas variedades que no están mal.
- Yo si, gracias. Pablo acercó su vaso. Lorena ¿tu quieres un poco?
- No. Prefiero agua… No te preocupes estoy bien.
Mahiya trajo unas tortas de harina recién hechas envueltas en un trapo y las dejó sobre un plato de cristal en el centro de la mesa. Después se despidió con una sonrisa.
- Cojan una, pero no se quemen, aún están calientes.
- ¿No come con nosotros? Preguntó Lorena mirando hacia la puerta.
- No. Ella come con mis padres así les ayuda en la casa. El sábado por la noche hay una gran fiesta en la puerta, tienen que venir. Mi padre celebra todos los años la llegada del verano, él piensa que es la mejor época del año.
- Monsieur Amadou ¿Qué ha averiguado de la muchacha tatuada?
- …Bien, Mahiya me ha contado la historia. Por lo menos es lo que le ha dicho Madame Ohunma, la mujer con la que vive. La chica venía en un convoy militar que pasó hace cosa de dos meses, la llevaban hacia el norte de donde procedían la mayoría de ellos. El caso es que fue raptada siendo niña y vendida a la guerrilla como niño soldado. Al principio nadie se percató de que era una chica, pero cuando se descubrió tuvo que aguantar la violación sistemática de los guerrilleros e incluso de otros adolescentes raptados como ella. Después fue canjeada por armas y llevada a la frontera para combatir al otro lado, parece que es muy diestra con el Kalasnikov y que nunca se separa de él. Allí siguieron las violaciones y estuvo combatiendo seis años. Una noche con una granada de mano hizo estallar varios vehículos y mientras los guerrilleros intentaban apagar el fuego se escapó. Estuvo andando durante diez días hasta que cruzó de nuevo la frontera y en su huida mató a varios de sus perseguidores. La encontraron ya medio muerta y delirando, esa es una zona montañosa llena de animales peligrosos. Entonces se sumó al convoy.
- ¿Y los tatuajes? ¿Porqué? Tiene por todo el cuerpo. Dijo Lorena.
- Los soldados le contaron a Madame Ohunma que cuando los guerrilleros descubren a una mujer entre sus filas, suelen tatuarle el cuerpo para marcarla y que no pueda volver a su pueblo por vergüenza, así se aseguran de que no escapará. Esa es una tradición antigua de algunas tribus guerreras del sur.
- Pero esos tatuajes no parecen significar nada, son simples líneas, textos confusos y dibujos torpes. No tienen sentido.
- Antiguamente solo tatuaba el guerrero mas viejo y experimentado, había una serie de signos propios para cada tribu. Ahora los hacen jóvenes guerrilleros cuando están borrachos, ya han perdido toda referencia ritual. Ellos también fueron sometidos a humillaciones cuando se alistaron así que repiten las mismas prácticas. Solo es una excusa para ejercitar su crueldad y divertirse. Así son las guerras en África.
- ¿Y porqué se quedó aquí?
- Madame Ohunma es una buena mujer. Cuando vio a la chica le ofreció quedarse con ella, ya que una vez que llegara al destacamento los soldados no podrían acogerla. Ahora ayuda a cuidar de los animales, dice que es muy dulce y que habla poco, pero que no hay manera de que deje el arma.
- ¿Mahiya le ha dicho como se llama la chica?
- Se llama Olombé.
La niña tatuada. 6- (La noche)
La gran hoguera iluminaba toda la calle y la tierra roja del suelo vibraba con su reflejo pero ya no guardaba el calor del día. Desde el atardecer parvadas de críos corrían por la calle anunciando al pueblo el bullicio de la noche. Poco a poco iban llegando vecinos con presentes para los padres de Monsieur Amadou que estaban sentados a la puerta de la casa en dos grandes butacas de madera labrada. Parecían realmente antiguas, como reliquias familiares. Monsieur Amadou presentó a Pablo y a Lorena a sus padres en un lenguaje autóctono.
- Mis padres apenas hablan francés, este pueblo no fue muy importante durante la colonización así es que los que se quedaron en él no tuvieron necesidad de aprender el idioma oficial, pero si les habla despacio les comprende perfectamente.
- Merçi, nous sommes enchanter d´être inviter a votre fête, dijo Pablo vocalizando. El padre de Monsieur Amadou sonrió y sin corregir la mirada tocó el hombro de Pablo. Lorena inclinó la cabeza por instinto, sin prestar mucha atención a lo que se estaba hablando.
- No puede verles. Perdió la vista hace unos años pero se alegra de que estén aquí, ya le había hablado de ustedes.
La madre también sonrió. Cogió con sus manos las de Lorena y atrayéndola hacia ella la besó en la frente, después hizo un gesto de invitación para que se unieran a la celebración. El fuego había tomado unas dimensiones inquietantes pero nadie parecía preocupado, al contrario, todo el que llegaba aportaba alguna rama o tronco. Los niños gritaban a su alrededor y un grupo de jóvenes iniciaron un endiablado ritmo de bongos y xilófonos de madera. La gente reía sin discreción y jaleaban a los músicos acompañando el compás con sus palmas. Los adolescentes se perseguían como golondrinas buscando la penumbra de la parte trasera de las casas. La mayoría, en corro alrededor del fuego, se movía a ritmo alzando cánticos polifónicos de una belleza ancestral. Pablo se sintió afortunado de estar allí, la situación le transmitía un extraño poder. Lorena se acercó a su oído.
- Necesito hacer pipi, vuelvo enseguida.
- Vale, pero ten cuidado donde pisas que está muy oscuro. ¿Estás bien?
- Si, no te preocupes.
Lorena se encaminó hacia un grupo de árboles que había tras las casas y notó el aire correr entre la hierba. Cuando se cercioró de que estaba lo suficientemente lejos para que no la vieran, remangó su amplia falda hasta la cintura, se deshizo de sus bragas y se agachó en dirección a la fiesta. La vista desde allí era hermosa. La luz del fuego movía a ritmo todas las figuras en una danza irreal, y la música avanzaba por la llanura transportada por ráfagas de aire “…Es curioso, pero ahora me encuentro muy bien, esos sonidos son tan contagiosos… Recuerdo como me gustaba de niña orinar en el campo, sobre todo de noche, el miedo a que hubiera alguien cerca me conmovía y me excitaba. Mi madre no lo soportaba, ¡Eso lo hacen los perros! Decía, pero yo me sentía tan libre…” Lorena miró hacia el cielo, contempló su bóveda radiante y pensó que podría quedarse así eternamente. Cerró los ojos para prolongar la vida. De repente oyó un fuerte ajetreo que desde la copa del árbol se le venía encima, y sin tiempo a reaccionar un cuerpo a contraluz se planto en cuclillas ante ella. Aunque la caída fue suave como la de un gato Lorena quedó petrificada. Palpó por primera vez la voz del silencio de la noche y cómo el aire enfriaba su sexo hasta congelarlo. Sintió un miedo real, inevitable, tangible como una certeza. El tiempo quedó suspendido y ninguna de las dos figuras se levantaba. Lorena pensó por un momento que iba a despertar con ganas de ir al baño o muerta de sed, pero no estaba soñando. Se preparó entonces para ser degollada, pero no sucedió. Toda la sangre subió hasta sus sienes y como en una lucha de gatos, esperó atenta el ataque de aquella criatura. Sin embargo, abriéndose paso entre la oscuridad una mano pequeña llegó hasta su cara y empezó a tocarle el pelo, los ojos, el cuello, la boca… Lorena estaba perpleja, aquellas caricias eran dulces como la brisa y auque la palma de esa mano era áspera, se movía con una delicadeza que la estremeció. Aún no había salido del asombro de la situación cuando otra mano se posó sobre su hombro deslizándose por el brazo como una serpiente “… Dios mío, este cuerpo agachado, el movimiento de sus manos, no puede ser… esa forma que sobresale sobre la cabeza, …Su Kalasnikov…”
- ¡ Olombé !
Lorena se acercó a la muchacha y empezó a recorrer con sus dedos los burdos signos que poblaban su cara. Los ojos de Olombé brillaron en la oscuridad y notó como las lágrimas humedecían su mano. Entonces, cayendo de rodillas atrajo a la muchacha contra ella. El metal frío del arma cruzaba su espalda. Lorena, con más ternura que aprensión, se la quitó despacio como si estuviera desnudándola y sintió el peso mecánico de la muerte. Olombé no opuso ninguna resistencia, acariciaba la abundante melena de Lorena mientras escondía la cara tatuada contra su pecho tibio. La luz era débil, pero Lorena empezó a recorrer su cuerpo con la mirada intentando descifrar alguna lógica en la disposición de los tatuajes, algo en una mano, en la espalda o en el pecho que diera alguna razón de ser a esa piel definitiva “… Nada, Monsieur Amadou llevaba razón: sólo crueldad, sádico divertimento. Ni un rasgo de ensimismamiento por parte del autor. Pobre criatura… Sin embargo, cuando la oscuridad oculta su textura, es tan bella tan delicada…” Así estuvieron un rato, descubriéndose.
- ¡Vamos, ven conmigo corre! Lorena cogió de la mano a la muchacha y la levantó
- Madame, madame…Dijo Olombé cogiendo su Kalasnikov para seguir a Lorena.
Pablo miró de nuevo el reloj “…Hace más de media hora que se fue y aún no ha vuelto…”
- Monsieur Amadou, Lorena no aparece y estoy preocupado. ¿Podría ayudarme a encontrarla por favor? Se fue en aquella dirección.
- Si desde luego, no me he percatado de que no estaba. Vamos para allá.
Monsieur Amadou entró en la casa de sus padres y salió con un par de linternas.
- Tenga, coja una.
Apenas habían abandonado el grupo cuando en lo hondo de la noche sonó un tableteo de ametralladora que paralizó el festejo.
- Mis padres apenas hablan francés, este pueblo no fue muy importante durante la colonización así es que los que se quedaron en él no tuvieron necesidad de aprender el idioma oficial, pero si les habla despacio les comprende perfectamente.
- Merçi, nous sommes enchanter d´être inviter a votre fête, dijo Pablo vocalizando. El padre de Monsieur Amadou sonrió y sin corregir la mirada tocó el hombro de Pablo. Lorena inclinó la cabeza por instinto, sin prestar mucha atención a lo que se estaba hablando.
- No puede verles. Perdió la vista hace unos años pero se alegra de que estén aquí, ya le había hablado de ustedes.
La madre también sonrió. Cogió con sus manos las de Lorena y atrayéndola hacia ella la besó en la frente, después hizo un gesto de invitación para que se unieran a la celebración. El fuego había tomado unas dimensiones inquietantes pero nadie parecía preocupado, al contrario, todo el que llegaba aportaba alguna rama o tronco. Los niños gritaban a su alrededor y un grupo de jóvenes iniciaron un endiablado ritmo de bongos y xilófonos de madera. La gente reía sin discreción y jaleaban a los músicos acompañando el compás con sus palmas. Los adolescentes se perseguían como golondrinas buscando la penumbra de la parte trasera de las casas. La mayoría, en corro alrededor del fuego, se movía a ritmo alzando cánticos polifónicos de una belleza ancestral. Pablo se sintió afortunado de estar allí, la situación le transmitía un extraño poder. Lorena se acercó a su oído.
- Necesito hacer pipi, vuelvo enseguida.
- Vale, pero ten cuidado donde pisas que está muy oscuro. ¿Estás bien?
- Si, no te preocupes.
Lorena se encaminó hacia un grupo de árboles que había tras las casas y notó el aire correr entre la hierba. Cuando se cercioró de que estaba lo suficientemente lejos para que no la vieran, remangó su amplia falda hasta la cintura, se deshizo de sus bragas y se agachó en dirección a la fiesta. La vista desde allí era hermosa. La luz del fuego movía a ritmo todas las figuras en una danza irreal, y la música avanzaba por la llanura transportada por ráfagas de aire “…Es curioso, pero ahora me encuentro muy bien, esos sonidos son tan contagiosos… Recuerdo como me gustaba de niña orinar en el campo, sobre todo de noche, el miedo a que hubiera alguien cerca me conmovía y me excitaba. Mi madre no lo soportaba, ¡Eso lo hacen los perros! Decía, pero yo me sentía tan libre…” Lorena miró hacia el cielo, contempló su bóveda radiante y pensó que podría quedarse así eternamente. Cerró los ojos para prolongar la vida. De repente oyó un fuerte ajetreo que desde la copa del árbol se le venía encima, y sin tiempo a reaccionar un cuerpo a contraluz se planto en cuclillas ante ella. Aunque la caída fue suave como la de un gato Lorena quedó petrificada. Palpó por primera vez la voz del silencio de la noche y cómo el aire enfriaba su sexo hasta congelarlo. Sintió un miedo real, inevitable, tangible como una certeza. El tiempo quedó suspendido y ninguna de las dos figuras se levantaba. Lorena pensó por un momento que iba a despertar con ganas de ir al baño o muerta de sed, pero no estaba soñando. Se preparó entonces para ser degollada, pero no sucedió. Toda la sangre subió hasta sus sienes y como en una lucha de gatos, esperó atenta el ataque de aquella criatura. Sin embargo, abriéndose paso entre la oscuridad una mano pequeña llegó hasta su cara y empezó a tocarle el pelo, los ojos, el cuello, la boca… Lorena estaba perpleja, aquellas caricias eran dulces como la brisa y auque la palma de esa mano era áspera, se movía con una delicadeza que la estremeció. Aún no había salido del asombro de la situación cuando otra mano se posó sobre su hombro deslizándose por el brazo como una serpiente “… Dios mío, este cuerpo agachado, el movimiento de sus manos, no puede ser… esa forma que sobresale sobre la cabeza, …Su Kalasnikov…”
- ¡ Olombé !
Lorena se acercó a la muchacha y empezó a recorrer con sus dedos los burdos signos que poblaban su cara. Los ojos de Olombé brillaron en la oscuridad y notó como las lágrimas humedecían su mano. Entonces, cayendo de rodillas atrajo a la muchacha contra ella. El metal frío del arma cruzaba su espalda. Lorena, con más ternura que aprensión, se la quitó despacio como si estuviera desnudándola y sintió el peso mecánico de la muerte. Olombé no opuso ninguna resistencia, acariciaba la abundante melena de Lorena mientras escondía la cara tatuada contra su pecho tibio. La luz era débil, pero Lorena empezó a recorrer su cuerpo con la mirada intentando descifrar alguna lógica en la disposición de los tatuajes, algo en una mano, en la espalda o en el pecho que diera alguna razón de ser a esa piel definitiva “… Nada, Monsieur Amadou llevaba razón: sólo crueldad, sádico divertimento. Ni un rasgo de ensimismamiento por parte del autor. Pobre criatura… Sin embargo, cuando la oscuridad oculta su textura, es tan bella tan delicada…” Así estuvieron un rato, descubriéndose.
- ¡Vamos, ven conmigo corre! Lorena cogió de la mano a la muchacha y la levantó
- Madame, madame…Dijo Olombé cogiendo su Kalasnikov para seguir a Lorena.
Pablo miró de nuevo el reloj “…Hace más de media hora que se fue y aún no ha vuelto…”
- Monsieur Amadou, Lorena no aparece y estoy preocupado. ¿Podría ayudarme a encontrarla por favor? Se fue en aquella dirección.
- Si desde luego, no me he percatado de que no estaba. Vamos para allá.
Monsieur Amadou entró en la casa de sus padres y salió con un par de linternas.
- Tenga, coja una.
Apenas habían abandonado el grupo cuando en lo hondo de la noche sonó un tableteo de ametralladora que paralizó el festejo.
La niña tatuada. 7- (El río)
La luz del alba plateaba el lomo del río. Sobre la colina los dos hombres aparecieron con el haz de luz de sus linternas.
- Si no está aquí ya no se me ocurre dónde puede estar, dijo Monsieur Amadou.
- Desde luego los disparos eran cercanos, no sé si han tenido que ver con ella.
- No se alarme, por aquí hay muchas armas y bien pudo ser un cazador el que disparó, además quién iba a querer hacer daño a Madame Lorena. Seguramente se fue a dar un paseo y se perdió, no es la primera vez que ocurre.
- No sé, pero está claro que algo pasa…
- Aguarde un momento Monsieur Pablo. ¿No escucha algo?
- Bueno, aún sigue la fiesta en el pueblo.
- No. No es eso. Allí en aquel meandro, ¿No lo ve? Mire.
Pablo vio a lo lejos una hoguera y dos figuras en el clarear del día.
- Ya lo veo, ¿Usted cree que es Lorena? ¿ Pero con quien está?
- No lo sé, pero creo que allí está su esposa.
Pablo inició una estrafalaria carrera colina abajo, tropezando con las raíces que se encontraban bajo sus pies y cuando llegó ante ellas se quedó quieto, intentando descifrar la secuencia de los acontecimientos. Lorena estaba sentada sobre sus talones, mirando hacia el río. Con la mano izquierda sujetaba su brazo derecho que estaba envuelto en un trozo de tela. Parecía herida. Olombé detrás de ella la estaba peinando mientras murmuraba una canción. Las dos estaban mojadas. Pablo se acercó despacio.
- Que ha pasado Lorena. ¿Estás bien?
- Si. Pablo estoy muy bien… Olombé me ha salvado la vida esta noche.
La luz del día ya había conquistado la mañana. Pablo miró a la chica de arriba abajo y pudo apreciar que efectivamente su piel era un completo garabato. La improvisada venda del brazo de Lorena estaba empapada de sangre.
- Estas sangrando, vamos a ver un médico.
- No te preocupes, Olombé me hizo un ungüento con hojas cicatrizantes y ya se cortó la hemorragia.
Monsieur Amadou que observaba a cierta distancia apagó su linterna.
- Cuéntame que ha sucedido, oímos unos disparos y temimos que…
- Me encontré a Olombé entre los árboles y luego vinimos al río. Bueno, la idea fue mía. Quería bañarme con ella, lavarla, borrar esas marcas de su cuerpo, pero al llegar aquí ella se negó a meterse en el agua. Entonces me zambullí y al momento salieron de la oscuridad de la orilla dos grandes cocodrilos. Uno de ellos me alcanzó de un zarpazo y cuando ya iba a devorarme, Olombé disparó y mató a los animales. Yo estaba medio inconsciente pero ella me sacó del agua, curó mi herida, encendió fuego y eso es todo.
- Gracias Olombé dijo Pablo a la chica. Vamos Lorena tienes que descansar.
- Pablo tienes que saber algo… No quiero separarme de ella. Olombé me necesita y yo también a ella.
- Pero ¿Qué estás diciendo? Tenemos que volver.
- No voy a volver. Antes prométeme que no vas a intentar llevarme a Europa.
- Pero mujer ¿Qué vas a hacer tu aquí ? Esta vida no te pertenece. ¿Dónde vas comprar Chanel? Dijo Pablo, entre la provocación y la amarga ironía.
- Qué le den por culo a Chanel. Dime que no vas a intentar que vuelva. Quiero a esta chica y estoy segura de que ella me quiere.
- Lorena estas completamente loca. No montes números melodramáticos.
- Creo que su mujer habla en serio. Monsieur Amadou intervino pausadamente.
- No se, quizá el que se está volviendo loco soy yo. ¿Quieres que la llevemos con nosotros?
- Sería una tragedia para ella. Creo que estaremos mejor aquí.
El día se había levantado revuelto. Varios perros desafiaban los remolinos de polvo en busca de algunos huesos. El Toyota de Monsieur Amadou ronroneaba en la puerta de la casa. Pablo sacó su bolsa de viaje y la cargó en el maletero mientras Monsieur Amadou se despedía de Mahiya, Lorena y Olombé.
- Tenga Monsieur Amadou. Dijo Lorena dándole el Kalasnikov. Entréguelo en la ciudad, Olombé ya no lo necesita.
Pablo dio las gracias a Mahiya y besó a Olombé, después miró a Lorena fijamente cogiéndola por la nuca:
- Espero que sepas lo que estas haciendo. Llámame si te arrepientes y vengo inmediatamente a por ti.
- No voy a arrepentirme. Tu puedes venir cuando quieras, aquí tienes tu familia.
Pablo la besó en la boca con extrema delicadeza y subió al coche mirando al suelo.
- Vámonos cuanto antes. Aún se atrevió a mirarla por última vez. Las tres mujeres estaban abrazadas. El coche inició la marcha despacio perseguido por una docena de niños.
- ¡De todas formas tendrás que volver pronto! Gritó Lorena. Él la miró sin comprender qué significaba esa última frase y levantó los hombros. El coche cogía velocidad y una nube de polvo corría detrás. Lorena sentía que el vértigo se apoderaba de ella, aquel vehículo en el horizonte se llevaba una vida y daba paso a otra imprevisible. Ahora debía cuidar a Olombé y preparase para una nueva aventura: estaba embarazada.
FIN
Murcia, julio de 2007
- Si no está aquí ya no se me ocurre dónde puede estar, dijo Monsieur Amadou.
- Desde luego los disparos eran cercanos, no sé si han tenido que ver con ella.
- No se alarme, por aquí hay muchas armas y bien pudo ser un cazador el que disparó, además quién iba a querer hacer daño a Madame Lorena. Seguramente se fue a dar un paseo y se perdió, no es la primera vez que ocurre.
- No sé, pero está claro que algo pasa…
- Aguarde un momento Monsieur Pablo. ¿No escucha algo?
- Bueno, aún sigue la fiesta en el pueblo.
- No. No es eso. Allí en aquel meandro, ¿No lo ve? Mire.
Pablo vio a lo lejos una hoguera y dos figuras en el clarear del día.
- Ya lo veo, ¿Usted cree que es Lorena? ¿ Pero con quien está?
- No lo sé, pero creo que allí está su esposa.
Pablo inició una estrafalaria carrera colina abajo, tropezando con las raíces que se encontraban bajo sus pies y cuando llegó ante ellas se quedó quieto, intentando descifrar la secuencia de los acontecimientos. Lorena estaba sentada sobre sus talones, mirando hacia el río. Con la mano izquierda sujetaba su brazo derecho que estaba envuelto en un trozo de tela. Parecía herida. Olombé detrás de ella la estaba peinando mientras murmuraba una canción. Las dos estaban mojadas. Pablo se acercó despacio.
- Que ha pasado Lorena. ¿Estás bien?
- Si. Pablo estoy muy bien… Olombé me ha salvado la vida esta noche.
La luz del día ya había conquistado la mañana. Pablo miró a la chica de arriba abajo y pudo apreciar que efectivamente su piel era un completo garabato. La improvisada venda del brazo de Lorena estaba empapada de sangre.
- Estas sangrando, vamos a ver un médico.
- No te preocupes, Olombé me hizo un ungüento con hojas cicatrizantes y ya se cortó la hemorragia.
Monsieur Amadou que observaba a cierta distancia apagó su linterna.
- Cuéntame que ha sucedido, oímos unos disparos y temimos que…
- Me encontré a Olombé entre los árboles y luego vinimos al río. Bueno, la idea fue mía. Quería bañarme con ella, lavarla, borrar esas marcas de su cuerpo, pero al llegar aquí ella se negó a meterse en el agua. Entonces me zambullí y al momento salieron de la oscuridad de la orilla dos grandes cocodrilos. Uno de ellos me alcanzó de un zarpazo y cuando ya iba a devorarme, Olombé disparó y mató a los animales. Yo estaba medio inconsciente pero ella me sacó del agua, curó mi herida, encendió fuego y eso es todo.
- Gracias Olombé dijo Pablo a la chica. Vamos Lorena tienes que descansar.
- Pablo tienes que saber algo… No quiero separarme de ella. Olombé me necesita y yo también a ella.
- Pero ¿Qué estás diciendo? Tenemos que volver.
- No voy a volver. Antes prométeme que no vas a intentar llevarme a Europa.
- Pero mujer ¿Qué vas a hacer tu aquí ? Esta vida no te pertenece. ¿Dónde vas comprar Chanel? Dijo Pablo, entre la provocación y la amarga ironía.
- Qué le den por culo a Chanel. Dime que no vas a intentar que vuelva. Quiero a esta chica y estoy segura de que ella me quiere.
- Lorena estas completamente loca. No montes números melodramáticos.
- Creo que su mujer habla en serio. Monsieur Amadou intervino pausadamente.
- No se, quizá el que se está volviendo loco soy yo. ¿Quieres que la llevemos con nosotros?
- Sería una tragedia para ella. Creo que estaremos mejor aquí.
El día se había levantado revuelto. Varios perros desafiaban los remolinos de polvo en busca de algunos huesos. El Toyota de Monsieur Amadou ronroneaba en la puerta de la casa. Pablo sacó su bolsa de viaje y la cargó en el maletero mientras Monsieur Amadou se despedía de Mahiya, Lorena y Olombé.
- Tenga Monsieur Amadou. Dijo Lorena dándole el Kalasnikov. Entréguelo en la ciudad, Olombé ya no lo necesita.
Pablo dio las gracias a Mahiya y besó a Olombé, después miró a Lorena fijamente cogiéndola por la nuca:
- Espero que sepas lo que estas haciendo. Llámame si te arrepientes y vengo inmediatamente a por ti.
- No voy a arrepentirme. Tu puedes venir cuando quieras, aquí tienes tu familia.
Pablo la besó en la boca con extrema delicadeza y subió al coche mirando al suelo.
- Vámonos cuanto antes. Aún se atrevió a mirarla por última vez. Las tres mujeres estaban abrazadas. El coche inició la marcha despacio perseguido por una docena de niños.
- ¡De todas formas tendrás que volver pronto! Gritó Lorena. Él la miró sin comprender qué significaba esa última frase y levantó los hombros. El coche cogía velocidad y una nube de polvo corría detrás. Lorena sentía que el vértigo se apoderaba de ella, aquel vehículo en el horizonte se llevaba una vida y daba paso a otra imprevisible. Ahora debía cuidar a Olombé y preparase para una nueva aventura: estaba embarazada.
FIN
Murcia, julio de 2007
martes, 31 de agosto de 2010
N.Y. Con-suma Arte
–Uán biar, plis... Jau mach?
–Dólar!
El billete cayó a la velocidad de un papel de fumar, y con un valor muy parecido. Aquel tipo de la barra lo arrugó como si tal cosa y lo metió en una caja registradora que parecía una computadora. En la calle todo era negro y silencioso, (incluidos los transeúntes). Sólo los taxis amarillos machacaban sus amortiguadores calle abajo.
Era su primera noche en N.Y. y sin embargo ya la conocía; sólo miraba para confirmar, y esperaba que en cualquier momento Humphrey Bogart entrara enfundado en una gabardina gris manchada de bourbon, se sentara y encendiera un cigarrillo sin boquilla. Aquello no sucedió, así que salió del bar y paseó en sentido contrario a la circulación. De cualquier forma todo era muy raro: aún no había sido asaltado por una banda de negros, el aire era limpio y la ciudad no era ruidosa. Nadie pitaba y los motores silbaban suavemente a su lado. La noche era deliciosa. Fue entonces cuando descubrió el Empire State, iluminado, perdiéndose entre las nubes. No pudo evitar una mueca de asombro casi infantil, mientras el aire fresco penetraba por su garganta. Entendió por vez primera que estaba a miles de kilómetros de su casa y que el Atlántico no era sólo una mancha azul en el mapa. Bajó la vista, miró a su alrededor y se encaminó hacia el hotel, dos calles más abajo. Llevaba 22 horas sin dormir y quería recuperar fuerzas para enfrentarse a la ciudad; tal y como se merecía.
Aquella noche entró en la cama sonriendo, el programa del canal 41 era lamentable pero no había nada mejor en aquel televisor giratorio. Sabía que de todas formas quedaba tiempo y que el auténtico espectáculo estaba en la calle. Volvió a repasar la lista de museos y galerías, desplegó el mapa de Manhattan y marcó su situación. Apagó la luz y se arropó pensando que lo mejor sería enfrentarse al monstruo en blanco, dejándose llevar por las emociones más simples y recibir cualquier detalle, por insignificante que fuera, como un acontecimiento...
...Cuando salió por la puerta de vuelos internacionales empezó a sentir que algo se había quedado al otro lado del Océano. No había tapices de Miró en los halls, los taxis eran negros y pequeños, cada indicador estaba escrito de forma diferente, los edificios parecían cortados, la gente vociferaba y la calle era una subasta. En pocos minutos lo habían asaltado cinco mendigos, un vendedor de lotería y dos buscadores de clientes para hoteles de media categoría. Sin embargo la cerveza era barata y el taxista le dijo en perfecto castellano: ¿dónde vamos? Volvió a sonreír por segunda vez. Aquel caos no le disgustaba, y de ningún rincón salía aquel asqueroso olor a aceite de maíz. De pronto recordó que debía varios meses de alquiler del estudio; que el teléfono probablemente habría sido cortado y que regresaba sin un duro para seguir inventando algo que raramente sería útil. Pero era demasiado tarde para abandonarlo: había perdido complejos, multitud de proyectos bullían en su cabeza y su futuro era tan incierto como siempre. Solo tenía una solución: Seguir de “Artista”.
Madrid, 1985
–Dólar!
El billete cayó a la velocidad de un papel de fumar, y con un valor muy parecido. Aquel tipo de la barra lo arrugó como si tal cosa y lo metió en una caja registradora que parecía una computadora. En la calle todo era negro y silencioso, (incluidos los transeúntes). Sólo los taxis amarillos machacaban sus amortiguadores calle abajo.
Era su primera noche en N.Y. y sin embargo ya la conocía; sólo miraba para confirmar, y esperaba que en cualquier momento Humphrey Bogart entrara enfundado en una gabardina gris manchada de bourbon, se sentara y encendiera un cigarrillo sin boquilla. Aquello no sucedió, así que salió del bar y paseó en sentido contrario a la circulación. De cualquier forma todo era muy raro: aún no había sido asaltado por una banda de negros, el aire era limpio y la ciudad no era ruidosa. Nadie pitaba y los motores silbaban suavemente a su lado. La noche era deliciosa. Fue entonces cuando descubrió el Empire State, iluminado, perdiéndose entre las nubes. No pudo evitar una mueca de asombro casi infantil, mientras el aire fresco penetraba por su garganta. Entendió por vez primera que estaba a miles de kilómetros de su casa y que el Atlántico no era sólo una mancha azul en el mapa. Bajó la vista, miró a su alrededor y se encaminó hacia el hotel, dos calles más abajo. Llevaba 22 horas sin dormir y quería recuperar fuerzas para enfrentarse a la ciudad; tal y como se merecía.
Aquella noche entró en la cama sonriendo, el programa del canal 41 era lamentable pero no había nada mejor en aquel televisor giratorio. Sabía que de todas formas quedaba tiempo y que el auténtico espectáculo estaba en la calle. Volvió a repasar la lista de museos y galerías, desplegó el mapa de Manhattan y marcó su situación. Apagó la luz y se arropó pensando que lo mejor sería enfrentarse al monstruo en blanco, dejándose llevar por las emociones más simples y recibir cualquier detalle, por insignificante que fuera, como un acontecimiento...
...Cuando salió por la puerta de vuelos internacionales empezó a sentir que algo se había quedado al otro lado del Océano. No había tapices de Miró en los halls, los taxis eran negros y pequeños, cada indicador estaba escrito de forma diferente, los edificios parecían cortados, la gente vociferaba y la calle era una subasta. En pocos minutos lo habían asaltado cinco mendigos, un vendedor de lotería y dos buscadores de clientes para hoteles de media categoría. Sin embargo la cerveza era barata y el taxista le dijo en perfecto castellano: ¿dónde vamos? Volvió a sonreír por segunda vez. Aquel caos no le disgustaba, y de ningún rincón salía aquel asqueroso olor a aceite de maíz. De pronto recordó que debía varios meses de alquiler del estudio; que el teléfono probablemente habría sido cortado y que regresaba sin un duro para seguir inventando algo que raramente sería útil. Pero era demasiado tarde para abandonarlo: había perdido complejos, multitud de proyectos bullían en su cabeza y su futuro era tan incierto como siempre. Solo tenía una solución: Seguir de “Artista”.
Madrid, 1985
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