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domingo, 17 de abril de 2011

Presentación COCINANDO EN TIEMPOS DE VERANO.


Para los que conocemos a Antonio desde los tiempos del pan Bimbo no es de extrañar la aparición de este libro ya que en él se unen dos de sus pasiones confesables: cocina y literatura. Y digo literatura, porque no hay mas que leer alguna de las recetas para darse cuenta que Antonio no solo ha pretendido hacer un recetario, sino que aprovecha la ocasión para colarse y contarnos un cuento con paisaje de fondo. Un cuento, o sea un relato, pero con personajes que no son los de las novelas negras que tanto le gustan: mujeres fatales, asesinos misántropos o sabios matemáticos escondidos en una cripta, sino una ñora seca, una corvina de Cabo de Palos, un chato murciano o un crespillo de Cartagena. Por lo demás el relato corre en paralelo a uno clásico: principio, nudo y desenlace, tal vez sea ese el secreto de toda buena receta. O sea una compra inteligente, la cocina justa y a la mesa con un buen vino y mejores amigos. A la vez nos habrá deleitado con algún paisaje mediterráneo o con el sentimiento de gozo de ver felices a sus invitados. Parafraseando a Angel Montiel: podemos decir que al igual que una novela erótica y un mapa de carreteras, un libro de cocina si es bueno, irremediablemente se acaba leyendo con una sola mano. Pues los tres tienen implícita vocación de utilidad, esa cualidad de la belleza tan denostada hoy en día. Casi nada: sexo, viaje y buena mesa, las tres gracias que esperamos nos asistan hasta el fin de los días.

La primera vez que ilustré un texto para Antonio fue una noche de carnaval a principios de los 80 en un local veneciano llamado IL PARADISO PERDUTO donde cantamos, comimos y bebimos como posesos casi hasta el amanecer. Creo que fue aquella noche cuando nos hicimos amigos y lo sellamos con un pequeño poema y un dibujo sobre un papel manchado de aceite de oliva, o sea, casi todos los ingredientes de las cosas que habrían de importarnos mas tarde. Ese fue el lugar que Antonio eligió para huir, darse una tregua de esta Murcia ingrata e iniciarse en un arte que por aquel entonces sus amigos ni presentíamos “el del paladar”. Y ahí ha seguido constante, lo que en un principio parecía un capricho de juventud, un rincón donde fijar la curiosidad en medio del desconcierto, se fue transformando en su oficio, y ha acabado convirtiéndose en su “sacrificio” en el sentido que daban los antiguos a esa palabra: “sagrado oficio” que es sinónimo de ofrenda, aunque en su caso los ofrendados no seamos dioses, sino alguna princesa acompañada por un opositor a héroe pero con méritos de semidios. Estas ofrendas se han venido oficiado en sus pequeños templos, los nuestros: Los mares del sur, El vaporretto, Las cocinas del cardenal, Trapería 30 y también en su casa con la complicidad de la encantadora Marta, que asiste paciente a los desbarres efusivos de los invitados o del mismísimo Antonio.

Algunos años mas tarde de aquella noche veneciana y ya de vuelta a Murcia, Antonio recibió el encargo que un grupo de artistas le hicimos para el coctel de la exposición NUEVA YORK CON SUMA ARTE. Lo que iba a ser un simple complemento gastronómico para la muestra acabó convirtiéndose en una pieza mas de la misma, tal vez la mas atrevida. Un sinfín de canapés de colores instalados sobre el capó de un inmenso Chevrolet amarillo hicieron las delicias de los allí presentes, y aunque en un principio hay que confesar que teníamos algo de prevención, aquellos trocitos de colores comestibles volaron en pocos minutos. Recuerdo mi perplejidad cuando le pregunté ¿Antonio, esto no será venenoso? Él, mirándome con resignación me dijo: “Se llaman colorantes alimentarios y se pueden comer sin problemas”. Y que sabía yo entonces de esas cosas….

Antonio es para mi el Curro Romero de los fogones, y estoy seguro que firmaría la frase del maestro de Camas cuando después de una faena frustrada en el coso de la Maestranza, y ante los abucheos del público, dijo: “Yo no vengo aquí a la guerra, yo vengo aquí a hacer arte,” Y es que si una vez te ha sorprendido es posible que ese mismo plato ya no lo pruebes, por la simple razón de que a él ya no le pone. Antonio es un poeta, nunca ha dejado de serlo y menos en la cocina. Y ya se sabe que los poetas tienen sus riesgos pero cuando aciertan nos abren las puertas de mundos insospechados. Como pasaba con Curro, sus grandes faenas son tema recurrente de conversación entre la afición. Sin embargo en donde es insistente es en la necesidad de que la vida transcurra a su alrededor con la mayor intensidad y es que Antonio es un infatigablemente, aparte de la cocina: del amor, de la amistad y de la música.

Antonio pertenece a esa generación de creadores que por demonios o por viejos ya han pasado todos los sarampiones culturales y está empeñado en extraer lo universal de una cocina cercana, basada en recursos autóctonos y en una tradición que ya ha sido testada por siglos de ingenio, necesidad y sabiduría. Pero no se equivoquen porque la creatividad y la búsqueda no abandonan jamás su trabajo, y ahí radica su modernidad. No hay mayor gozo para los sentidos que sentarse ante uno de sus plato de nueva textura, con un aspecto sorprendente y al primer bocado sentir como te invade un sabor de estreno y a la vez profundamente familiar. Dice el coleccionista André Magnin: “el arte que me gusta es el que me hace descubrir una espera que desconocía”, creo que esta idea explica con precisión lo que puede pasarnos con algunos platos de este cocinero.

Pero Antonio no sólo tiene olfato para las perolas, también sabe oler los tiempos que corren entre otras cosas porque como todo buen autónomo los está sufriendo sin red, con la imaginación y la ética como toda protección frente a un futuro que si nos ha de sonreír será porque nos hayamos dejado la piel. Antonio a estas alturas ya no cree en los milagros pero si en la providencia, así que pasado el espejismo que, como no, también afectó a la cocina, sabe que de esta crisis sólo se sale con creatividad y sentido común. En este país de extremos siempre nos ha resultado mal imitar a otros, porque caemos fácilmente en la tentación del atajo y solemos quedarnos en lo superficial. Ese complejo de inferioridad con respecto a nuestras posibilidades es quizás lo que nos ha impedido tener una imagen solvente de cara al exterior. Y si esto es un pecado nacional, que decir cuando llega al paroxismo regional. Al final no nos queda mas remedio que reconocer que lo universal está mas cerca de lo que pensábamos y que si hemos de trascender será trabajando mas en poner al día nuestra propia cultura, que en alimentar franquicias en las que solo somos comparsa y poco mas. En otras palabras: tenemos mas posibilidades como digna cabeza de ratón que siendo una de las moscas que pululan en la cola del león.

Pero volvamos al libro. COCINANDO EN TIEMPO DE VERANO es un recetario oportuno para los días que corren. Llegó el buen tiempo. Si paseamos por los caminos de la huerta que aun queda, entre los chalets a medio hacer, podemos observar como los pequeños bancales resucitan. Los frutales abandonados se han vuelto a podar y en el ambiente flota el aroma de azahar, los corrales se pueblan de huevos frescos, gallinas y conejos, salidos de un pasado que pretendíamos olvidar. En el mar menor los pescadores hacen caldero a pie de playa con las morrallas de la pesca del día. Los mercados, centros de vida y paraísos de nuestra cultura mediterránea, huelen mejor que nunca. ¿Acaso no es una “performance” de energía exultante la plaza de Verónicas un sábado por la mañana? ¿Porqué razón tendríamos que abandonar estos últimos lujos que aún nos quedan? ¿A cambio de qué Big Mac con extra de pepinillo hemos de hacerlo?  Para los que no hemos probado manjar mas exquisito que la tortilla francesa de nuestra abuela o el potaje de acelgas con almendras de nuestra madre, pero que no podemos renunciamos al deleite de los contrapuntos o la sorpresa de una nueva experiencia, el libro de Antonio es un puente tendido entre esos dos mundos (tradición y vanguardia) que nunca debieron perder sus vínculos y que sólo pueden separarse desde posiciones estrechas como el purismo o el esnobismo.

Al igual que muchos pintores, confieso que me encanta la cocina. No solamente sentado a la mesa sino también con delantal. Nunca tomo como algo personal una mala crítica a uno de mis trabajos plásticos, pero reconozco que siento como fracaso un sonoro silencio sobre una de mis ensaladas o mi olla gitana con huevos escalfados. Dice a propósito de la pintura Roland Barthes “La pintura es hija de dos madres: la cocina y la escritura ”. De la cocina ha heredado la alquimia de la mezcla y la cocción, la gracia del aceite instalándose entre los huecos de la materia. De la escritura, la infinita polisemia de los signos y el rastro de la tinta que estría la superficie del territorio blanco. Tal vez por eso la historia de la pintura ha dado buenos cocineros ya sea por placer o por necesidad. De esto tenemos infinidad de ejemplos: Leonardo da Vinci confesaba sin rubor preferir los fogones de su taberna milanesa de LOS TRES CARCOLES a los encargos pictóricos del Conde Ludovico. Tanto es así que LA ÚLTIMA CENA pintada en el refectorio del convento de Santa Maria delle Grazie es una de las obras mas deterioradas del renacimiento gracias a los apresuramientos y desganas sufridos en su preparación, mientras en el cuaderno de notas de Leonardo quedan reflejados el sinfín de menús que el maestro hizo preparar a sus discípulos como modelo para la composición. Una labor que lo tuvo de cráneo hasta que dio con el definitivo: Cristo y los apóstoles degustaron finalmente una anguila de río a la parrilla con rodajas de naranja. Un plato austero a la par que sofisticado, sin duda. Y que decir de los obsesivos retratos de frutas de Giuseppe Archimboldo, del embelesamiento carnal de Rembrandt pintando EL BUEY DESOLLADO, de las recetas del suizo Paul Klee, o de Gauguin, el buen salvaje, cuando armado de paciencia intenta educar a un desastroso Van Gogh diciéndole: “Nadie puede cocinar con semejante desorden, hay que poner todo en su sitio . Te lo enseñaré, coge unos tomates, los pelas, les sacas las semillas, los cortas en pequeños cubitos... un poco de albahaca fresca... unos pedacitos de queso. ¿Ves? Los colores se complementan... le agregas un poco de amarillo del aceite de oliva y ya está, no necesitas recetas, debes usar tu imaginación. Recuérdalo, cocinar es como pintar.”

Seguramente estaréis pensando a que vienen todas estas historias sobre pintores cocineros y demás zarandas. La verdad es que me apasionan estas pequeñas curiosidades o quizás quiera justificar mi presencia aquí y abordar de alguna manera lo que me vincula al libro: las ilustraciones.
Sinceramente reconozco que me hizo mucha ilusión que Antonio me confiara este encargo, y que desde el primer momento mi cabeza no paró de darle vueltas. Leí varias veces las recetas intentando empaparme del aroma que Antonio había destilado para corresponderle con unas imágenes que le hicieran justicia. Como en toda cocina que se precie, en la mía hay una estantería reservada a libros de recetas y obviamente me fijo mucho en las ilustraciones. La verdad es que los estilos son infinitos y se han hecho verdaderas maravillas, en este país tenemos unos ilustradores inmensos. Confieso sin embargo que las fotografías de cocina me dan cierto asco, incluso las mejores. Ya se que es una manía personal pero hay algo excesivamente pornográfico en la veracidad fotográfica de un asado de cordero. Los brillos, la intensidad del color me recuerdan a los libros de anatomía patológica, en fin que me quitan el apetito. Sin embargo cuanto mas libre es el estilo mas se excitan mis papilas. Uno de esos libros es un recetario titulado Manual de Cocina Práctica. Es una edición de los años 60 con un prólogo de los que empiezan mas o menos como: “Amable lectora, quisiera felicitarte por la decisión de adquirir este libro de cocina ya que demuestra tu inquietud por perfeccionar el arte de la alimentación que para una ama de casa es algo primordial…” tiene sin embargo unas ilustraciones anónimas con un buen gusto y una elegancia que me atrapa. Son una sencillas formas hechas con tintas planas a modo de collage, pero que resuelven con modernidad los temas del libro. Adoro el estilo post-cubista de esa época, es el mismo de las carpetas de los discos de jazz de nuestra adolescencia. Hay una ingenuidad balsámica en esos dibujos, una vocación utópica que me transporta a tiempos donde todo lo que estaba por venir era inevitablemente mejor. El caso es que inspirado por esas páginas me puse a jugar en el estudio con varios papeles de colores, recortando formas que poco a poco iban adquiriendo volumen: un pescado, un muslo de ave, un trozo de tarta, etc… Desde luego no pretendía ilustrar al pie de la letra las recetas, sino recrear el espíritu lúdico y veraniego con el que están escritas. Cuando ya tuve compuestos todos los elementos me dispuse a pegarlos sobre unos fondos que había preparado, pero al intentarlo noté que se encogía la libertad con las que habían sido construidos. Pensé entonces de nuevo en las fotografías de comida y en que evidentemente no me gustan, pero de los platos sueltos nunca he dicho nada, así que abrí un armario de mi estudio donde tengo restos de diversas vajillas que han ido llegando sin saber como y me puse a conjugarlos con los collages un poco sin querer, queriendo. Y de nuevo ¡zas! la magia de las formas ante mis propias narices. “Estas son las ilustraciones para este libro” pensé al verlas. Así que ahí están, espero no haberme equivocado y que aporten un poco de sabor a los ojos mientras intentamos cocinar una de las sabias recetas de Antonio.

Bueno, ya voy acabando y no quisiera hacerlo sin aprovechar para agradecer a Joaquín Dicenta el buen gusto en el diseño de esta edición. Y como no, felicitar a mi amigo Antonio Gras y a la editorial TRES FRONTERAS por este libro. Estoy seguro que cuando llegue septiembre las páginas de cada ejemplar de COCINANDO EN TIEMPO DE VERANO será un mapa de manchas y subrayados, ya que esa es la mayor gloria de un buen libro de cocina.


Murcia 14 de abril de 2011

lunes, 31 de enero de 2011

Deseo de ser piel roja. (para Miguel Fructuoso)


El aullido de un lobo joven rompe la paz pactada de la noche. Hace tiempo que la manada cambió el viento de la montaña por unas pequeñas chozas cercadas con abrevaderos de pienso. A cambio la persecución se detuvo.

Tras la alambrada, una danza de muertos borrachos aterra la comarca con el crepitar de sus huesos. En el fondo de sus camas, las muchachas alzan sus pechos entre sueños y bailan para seducirlos. Las mas valientes salen descalzas por las ventanas.

Desde la copa del viejo pino quemado hasta la gran Jacaranda del río, un hilo de acero rojo guía los pasos de un dibujante sobre la ciudad. Sus gestos son tensos como el miedo y en cada hoja del cuaderno hay una urgencia de líneas que presagian su caída. 

Al amanecer, un rastro de imágenes salpica las calles desconcertando a los ciudadanos. El lobo joven rompió la alambrada, ahora él es el viento que levanta los dibujos.


Murcia, julio 2008

lunes, 30 de agosto de 2010

El ojo izquierdo

Cualquier herramienta que nos rodea contiene dos aspectos sin los cuales no puede existir mucho tiempo: la utilidad y la ergonomía, o sea, la capacidad de adaptarse a la anatomía del que vaya a manejarla. Si bien una máquina puede nacer imperfecta, su uso vendrá a ajustarla hasta convertirla en un diseño eficaz. Es curioso que los objetos se comporten con una lógica casi humana. Sin embargo, también su carácter puede ser caprichoso e irreverente. ¿Por qué si no la cámara fotográfica tiene sólo un visor y un objetivo si nuestra cara tiene dos ojos, obligándonos a guiñar uno de ellos? ¿Por qué se llama disparo a la acción de hacer una fotografía? ¿No estaremos ante un extraordinario caso de travestismo en el que una peligrosa arma se disfraza de inocente ingenio sin perder sus cualidades principales? Es posible que para disparar un arma o una cámara nos sobre un ojo, pues otro punto de vista, por cercano que sea, aporta siempre una duda. En su condición de verdugo, el tirador restringe su visión y no permite que nada le distraiga en el momento de ser tajante. Lo que necesita es instinto, y al instinto lo que le sobra es tiempo y espacio. Por tanto, si la fotografía hubiera llegado con el sólo propósito de inventariar la realidad, es probable que la cámara fuera ya un aparato binocular. Pero pronto se reveló como un vehículo subjetivo capaz de contagiar pensamiento y por tanto ideología. No se es neutral cuando se dispara un revólver o una réflex pues se trata de elegir, y por tanto la mirada ha de ser selectiva.

La excepción nos habla sin embargo de casos en los que el tirador abre los dos ojos para disparar, en un intento de abarcar el mundo. Cómo si dar en el blanco no fuera suficiente y necesitara ser a la vez testigo. Para que la certeza y la contemplación se den la mano se necesita una disciplina feroz, pero proporcionan juntas una amplia sensación de conocimiento. Uno de esos casos fue Billy el Niño, que desarrolló la técnica para corregir antes que su adversario la trayectoria de la bala de su “Colt”. Otro es Pepe Franco, cuyo ojo izquierdo es un ojo al acecho, que le previene de cualquier cosa que venga a distraer el acto fotográfico. A veces su misión es avisarle de cuando la presa entra en campo y con que trayectoria, dividiendo así la realidad en dos: interior y exterior. Lo que le pertenece y lo que vive, en una suerte de vidas paralelas. Por eso ante estas fotos no podemos evitar pensar que sólo vemos una parte de un todo más complejo. Parece que, furtivamente, nos asomáramos al ojo de una cerradura.

Siempre he pensado que el responsable de la mayor parte de sus fotos es ese ojo nómada al que manda por el mundo a la busca y captura de un momento de vida con que dar de comer a su cámara y a su alma de polizón que acaba de bajar a tierra.

Diciembre de 2002

A Parraga

El 11 de Abril de 1997, te marchaste José María.

Para los que te conocimos fuiste un hombre bueno en el sentido que dio el poeta a esa palabra…” yo vivo en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas…” Eso te dio el cariño de grandes y pequeños, de artistas y camareros, de intelectuales y serenos. Tanto fue la inercia de afecto que generaste a tu paso que hay quienes, sin conocerte, creen sinceramente recordarte.

Eso también trajo la compasión de los que confunden modestia con debilidad. Tu valor como artista fue mermado en beneficio de un personaje equívoco, en el que algunos quisieron ver el tópico bohemio con el que completar la galería de monstruos que pueblan su tribu.

Pero para muchos artistas fuiste un referente fundamental, tú supiste contaminar sin grandes aspavientos desde el trabajo obsesivo y, una sutil radicalidad que podía poner en jaque cualquier verdad con solo nombrarla.

Hoy casi cuatro años después, José María, sigues estando en la primera fila de cualquier conferencia con tus excesivas preguntas, y en las inauguraciones animando a tu colegas con aquel “cojonudo” tan hermoso que salía de tu gran boca. Hoy también estas aquí, riendo a carcajadas, con tus amigos y tu corbata de girasoles y confirmando con esta obra que sí fuiste una persona peculiar, fue para soportar la carga del tremendo artista que llevabas dentro.

Por eso tus amigos hemos querido estar contigo, para celebrar que Murcia tiene al fin una escultura tuya en la calle, el hombre y la mujer que tanto te han preocupado, y que ahora servirán para que se posen tus palomas, con dos grandes bancos para que te sientes con los niños y descanses de tus largos paseos por la ciudad.

Gracias maestro.

Murcia, febrero de 2001

domingo, 29 de agosto de 2010

Anatomía mecánica

Sí damos crédito a las teorías de Asimov, la mutación electrónica de las herramientas es el penúltimo paso antes de iniciar la fase de autonomía que les permita dirigir su destino y el nuestro. Atrás quedarían por tanto los factores que rigen su morfología: peso, equilibrio, movimiento, rozamiento, volumen, transferencia de fuerzas… juego al fin y al cabo. Ese milagro tangible llamado mecánica que muestra impúdicamente sus reglas en el mismo momento de echar a andar dejaría paso a la críptica eficacia de la electrónica. La batalla entre esos mundos se palpa en cada disciplina contemporánea y el arte no se libra del silencioso conflicto que va a definir un mundo por venir. Los impulsos eléctricos nos fascinan por su poder y precisión, pero en la mecánica reconocemos unos órganos que podrían ser los nuestros. Sí alguien está echo a nuestra imagen y semejanza esa es la máquina, su fuerza nos atrae porque nos parece posible y su decadencia nos enternece porque también es la nuestra. En la piel metálica de cada una de esas herramientas podemos leer los avatares de su vida como en la cara de cualquiera de nosotros. Prestando atención a las piezas de esta exposición descubrimos rasgos de una anatomía que nos presenta a alguien visto en alguna parte.


Exposición "Ritmos de metal" de Ángel de Haro Hernández
Julio 2006

Antonio Gras

En los primeros 80, con el asalto a las cuatro esquinas de unos jóvenes periféricos empezó un movimiento inconcreto lleno de incertidumbre que traía una curiosidad feroz y muy poca vergüenza al que ahora llamamos: nuestra generación. Allí estábamos, mas chulos que un ocho y reclamando un poco de atención. Entre nosotros tampoco había entonces un vínculo especial: desclasados rurales, outsiders de barrio, insatisfechos urbanos, o simples trasnochadores recalcitrantes, formábamos una improvisada marea de seres tan estrafalarios que mas bien parecíamos el “Thriller” de Mickael jackson.
Sin embargo el destino quiso que tuviéramos que desvirgar por azar a una joven democracia de provincias con la torpeza y el entusiasmo del que no pretende nada trascendente. Pero ¿Qué deseaban aquellos jóvenes que hoy estamos aquí? Que yo recuerde ninguno de nosotros tenía una vocación clara con la que enfrentarse a la vida, pues nadie en su sano juicio se le ocurrió nunca acotar su futuro o al menos confesarlo. La única vocación era la misma vida, la ciudad el escenario perfecto para vivirla y si era de noche mucho mejor. Tal vez el placer de nuestras ocurrencias fuera en si mismo suficiente para sentirnos intocables y pensar que a partir de ahí todo iba a ir rodado. Pero como dice Gil de Biedma, Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde…
En aquella Murcia que despertaba conocí a Antonio. Creo que la primera vez que nos vimos fue una mañana de enero que pasé no se muy bien a qué, por aquella Concejalía de Juventud y Deportes que Patricio regentaba como una trinchera en los sótanos de la piscina municipal. En aquel antro, entre oficial y clandestino con un fuerte olor a cloro caliente, el bullicio era permanente y por sus mesas pasaban unos personajes con muy poca diferencia entre quienes íbamos por si caía algo y quienes administraban algún raquítico presupuesto. Antonio estaba allí, como un buda feliz entre los mortales sentado tras su puesto de reclutamiento, alistando voluntarios para los Carnavales de Venecia mientras glosaba la magia de los canales, la belleza del Rialto, y el esplendor del Ducalle entre la bruma de San Marcos, “por no hablar de las payas” apuntaba un tipo con perilla mirándonos fijamente por encima de sus gafas redondas y apoyado en la pared como un guardaespaldas “ las italianas, a parte de estar muy buenas son mas follarinas y con la confusión del carnaval siempre se pilla algo”, Antonio asentía con solemnidad para concluir “Lormiga lo sabe que ha estado allí”. En fin que el programa era tentador y como yo acababa de vender un cuadro y aún no tenía obligaciones, invertí toda mi fortuna en aquel viaje cultural. Sin embargo, por la fauna de aquella expedición, por el catálogo de sustancias y licores que brotaron a los pocos minutos del arranque del bus y teniendo en cuenta que no conocía a nadie, mi primer impulso fue bajar en Alicante y volver a dedo. Obviamente no lo hice, porque a pesar del bullicio y conforme las fieras iban cayendo narcotizadas, la cervantina pareja Antonio Gras - Pepe Lormiga se imponía armados de un micro, una buena colección de casettes de música italiana y una guitarra. Hay que reconocer que la mayoría de aquel público no soportaba mucho rato las referencias ilustradas de Antonio sobre la ciudad de los poetas y los últimos días de Ezra Pound, pero ahí estaba Pepe al quite con un buen chiste de hormigas y elefantes templando los ánimos de aquellos “Gremlins” que pasaban del grito al sueño sin apenas transición y cuando ya los tenía dominados nos cascaba una de Branduardi a la guitarra. De aquellos días tengo un recuerdo imborrable, magnífico, de confirmación de la imaginación y la libertad, pero hubo una noche en un local llamado IL PARADISO PERDUTO donde cantamos, comimos y bebimos como posesos y las italianas nos miraban alucinadas aunque la noche avanzaba y las predicciones de Lormiga no se cumplían ni para atrás. Creo que fue aquella noche donde nos hicimos amigos y lo sellamos con un pequeño poema y un dibujo sobre un papel manchado de aceite de oliva, o sea casi todos los ingredientes de las cosas que habrían de importarnos. No es de extrañar que ese fuera el lugar que Antonio eligió para huir y darse una tregua de esta Murcia ingrata, y mientras él lo pasaba entre perolas y ”pasta chuta” nosotros seguíamos aquí inventando el mundo por la Trapería y ajenos a los matices del buen gusto culinario. Nuestra alimentación en aquella época era una simple recarga energética a la que prestábamos poca atención, nuestro menú semanal eran los sándwich Catedral del William, Foie gras La Piara con pan Bimbo y cerveza o lomo embuchao con JB mientras, eso si, nos atracábamos de películas del Buñuel Mejicano o de las tórridas cintas de Vanesa del Río en casa de Ángel Montiel.
Un buen día, cuando ya pensábamos que Antonio había sido agraciado con de la maldición de Lormiga dificultando su regreso, apareció con su sonrisa de “bon vivan” por la Puerta del Pozo y desde ese momento y gracias a su misión evangélica nunca volvimos a ser los mismos. Porque Antonio ya lo sabemos, es un corruptor de mayores y en su plan de llevarnos por los lujuriosos vericuetos de la cocina, no pensaba escatimar esfuerzos ni tampoco evitarnos algún dolor, que como bien sabemos, hace mas exquisito el placer. Probamos así nuestros primeros platos grandes y vacíos donde las cucharas desorientadas apenas justificaban su presencia. Platos que justo en el momento de abandonarlos, de un bocado sublime nos lanzaban al fondo del paladar una explosión de vida abriéndonos de golpe la puerta de un nuevo mundo: EL SABOR. Pero no el sabor de la boca del estómago que era el que nos quitaba el hambre, sino el sabor en las sienes, en la yema de los dedos, en las fosas nasales y en el centro del tálamo. Sabores que nos marcaron otras rutas de seducción a través del tacto y el olfato. Él, con sus brazos cruzados sobre la barriga nos miraba con la sonrisa maléfica del que envidia tu primera vez y sabe que ya no volverás a sentarte en una mesa de la misma manera. También nos enseñó que todo tiene su precio y que a las cuentas caras hay que sonreírles y olvidarlas por mucho que te duelan. Porque al final como decía aquel alcalde de Puerto Lumbreras: “Hay que hacer lo que se deba aunque se deba lo que se haga”. Cuando ya nos tuvo listos para ser presentados en sociedad, nos paseó por las mejores tabernas de la nueva congregación. Recuerdo una noche en Madrid, Viridiana se llamaba el sitio, allí aprendimos lo que era un menú largo y estrecho y que en una misma cena uno podía beber varios vinos mezclados con diversos licores. Tengo que decir que aquella idea nos entusiasmó especialmente, dando al traste con la buena imagen con la que entramos al local y viéndose el propio Antonio en la obligación de pedir disculpas al maître por nuestro exceso de alegría. Aún tengo vivo el recuerdo de Orrico rodando por el suelo a carcajada limpia. El vino, desde luego, ocupaba un lugar principal en esa iniciación dionisiaca que él tutelaba y como no podía ser de otra manera se mezcló con su otra pasión: la literatura. En uno de sus propios poemas escribió: “…apreciamos el Sauterne”. Nosotros que todavía teníamos muchas lagunas, pensando que aquel era el apodo de algún personaje urbano, leíamos perplejos “…apreciamos al sartenes”…¿Quién es el sartenes? y él con la resignación de un santo nos decía “No tenéis ni puta idea, hostias”…. y era verdad. Por aquella época Antonio, que siempre fue un libertino empezó a besarnos sabiendo que eso provocaba en nosotros cierta incomodidad sobretodo si sucedía en público. Aquello se pasaba de castaño oscuro, pues una cosa era oler el vino antes de beberlo y otra hacer mariconadas en medio de la calle. Pero él lo hacía con tanta convicción que al final lo dimos por bueno, contagiándonos todos de estos nuevos modales afectivos. La cosa tuvo tanto éxito que el mismísimo Paco salinas ha resultado ser uno de los mas besucones. ¡Vivir para ver!
Desde entonces han pasado muchas cosas por su vida entregado a buscar infatigablemente el amor, la amistad, la poesía y la buena mesa. Dos hijos magníficos que se comen las mismas calles que algún día fueron nuestras, muchas veces junto a los míos (que cosas). Y una mujer, Marta, dueña de una sonrisa tan generosa que explica por si misma muchas cosas del último Antonio. Pero también sus locales, los nuestros: Los mares del sur, El vaporretto, Las cocinas del cardenal y ahora este Boulevar y Trapería 30 que han visto pasar nuestros sueños y decepciones, y como se nos caía el pelo y nos crecía la barriga. Gracias a esa educación sentimental por la buena mesa algunos hemos llegado al mundo del colesterol y el ácido úrico con la cabeza bien alta. Esos locales han sido testigo de buenas noches de amistad. ¿Recuerdas Antonio, cuando a punto de salir para Nueva York a probar suerte, te comenté que no conseguía una sala para mostrar mi colección de papeles?
- ¿Porqué no te los traes? Me dijiste
- ¿Cuándo?
- Ahora mismo, mientras yo aparto las mesas.
Dicho y hecho, corrí hasta mi casa y al rato estaba allí, con mis amigos, enseñando mis piezas antes de salir con ellas bajo el brazo a buscar fortuna. Y es que Antonio solía decorar aquellos primeros locales con obra de amigos desobedeciendo los asépticos consejos de los arquitectos.
En cuanto a la cocina yo tengo a Antonio por el Curro Romero de los fogones, y creo que puede asumir tranquilamente la frase del maestro: “Yo vengo aquí a hacer arte no vengo a la guerra” pues no he conocido a un cocinero que dé “espantás” como las suyas, con tanto estilo, aunque siempre en busca de algún caramelizado de alfalfa o un suflé de morcilla con que sorprendernos, y cuando te ha sorprendido es posible que ese mismo plato ya no lo pruebes mas, por la simple razón de que a Antonio ya no le pone. Porque Antonio es sobre todo un artista, nunca ha dejado de serlo y menos en la cocina. Y ya se sabe que los artistas tienen sus riesgos pero cuando aciertan nos pueden abrir puertas a mundos insospechados. Como pasa con Curro: sus grandes faenas son todavía tema de conversación entre la afición. Antonio es un buen gamberro como siempre, un jovenzuelo deslenguado y sentimental y ahora, viéndolo aquí, me parece que vaya a reclutarnos otra vez para algún exótico viaje aunque creo que en realidad ya estamos embarcados por el mero hecho de haber venido.

Bueno pues eso, Antonio has cumplido 50 años así que en homenaje a todo lo que hemos sido y a lo que nos queda: felicidades.

Murcia 1 de noviembre de 2008

Paul Klee en el IVAM

Valencia ha amanecido con la atmósfera de los bellos días grises de levante. De esos días en los que se añora el norte y se descubren los matices que no podemos ver, cuando la tópica luz del sol convierte a estas ciudades en escenografía de si mismas. El tráfico está denso y las obras del pavimento no ayudan a que la explanada del IVAM parezca unas de esas maquetas de los proyectos de arquitectura. Entro en el edificio, subo las gigantescas escaleras y pienso una vez más que bien sentaría un tapiz de Miró o un móvil de Calder sobre esas fúnebres paredes.
En la exposición juego a posarme de una obra a otra, y aunque no es la primera vez que estoy ante alguno de ellas, vuelve a sorprenderme el poder de seducción de estos pequeños mundos. Su elocuencia en la presentación de una de las pocas patrias que nos siguen desde la infancia: el color. Porque no es del color como ornamento, ni siquiera como herramienta de lo que aquí se trata, sino de él mismo como tema, o sea como realidad... Un teléfono móvil quiebra el absurdo silencio de la exposición. Un hombre sale corriendo por las salas hablando solo, y encorbado. Todos lo miramos, nos miramos y continuamos nuestro mudo recorrido... Tampoco es el caso de la más o menos virtuosa representación de la luz, sino de la construcción de una naturaleza paralela. Artificial si se quiere, pero tan fascinante como la que nos rodea... Dos muchachas se paran entre una tela con un extraño personaje y yo. Se ríen, cómplices, se les ve felices. Como me han quitado el sitio, aprovecho para recorrer sus cuerpos, como una obra más, y descifrar que son. Serán estudiantes de arte o peluqueras, por la ropa y el desaliño. Sin embargo su erótico entusiasmo las vincula curiosamente a la exposición. Se van, riendo bajo...
En cuanto al dibujo, Klee ensancha los limites del lenguaje y deja entrar comportamientos “impuros”, que sin embargo tienen la virtud de expresar con eficacia algunos sentimientos imposibles de presentar con un lenguaje más académico. Estoy pensando en un pequeño dibujo titulado Eros donde dos flechas tan gráficas como explícitas acompañan unos campos de color en una reiterada penetración sobre dos triángulos. Este tipo de recursos, tan frecuentes hoy en día en nuestro vocabulario visual, tienen algunas de sus raíces aquí.
Hay algunas pinturas hechas sobre una fina gasa, lo que les da un aspecto de extrema fragilidad... Me acerco para descubrir alguna huella que me permita visualizar la emoción de su construcción, pero aparece un gorila travestido de guarda jurado, que me mira con ganas de que le de un motivo para machacarme. Pienso que a veces la violencia de los contrastes es tan bella como las propias obras...
Estoy ante una de las puertas de este siglo tan fecundo, mi tradición y mi origen. Hay un leve dolor sin embargo en esta obra tan radiante, un dolor que se va manifestando más a medida que avanzan las fechas, y que se consolida con la aparición de la esclerodermia que acabó con su vida. Para el que no lo sepa, la enfermedad consiste en la paralización paulatina de los músculos de la cara hasta que la piel se acartona transformándose en una máscara. Y eso es lo que acabó pintando Paul Klee ; máscaras...Miro fijamente uno de esos cuadros. No es ni siquiera una llamada de auxilio, es la obra de quien ya no está aquí. Aparece un hombre con algunos signos de artista. Miro sus manos que tienen aún restos de pintura. El a su vez mira el cuadro como quien va de paso, sonríe con desprecio en una esforzada mueca y se aleja por la sala con cara de que a el no hay quien le engañe... Salgo a la calle, un japonés me fotografía, el tráfico sigue igual. Me siento reconfortado.

Octubre de 1998

Aurelio pintor

Hay buenos pintores jóvenes. Pero eso no tiene mérito porque cuando uno es joven eso no es difícil ya que todo lo que hacemos viene impregnado por una fuerza que embellece cualquier error. Luego hay buenos pintores. Estos con su destreza nos tranquilizan y confiamos en su obra cómo confiamos en el que nos vende el pan. Después hay artistas. Se les perdona que no sean tan abnegados a cambio de que nos dejen ser cómplices de su ingenio. Y por último hay poetas, que no necesitan demostrar nada porque su labor es íntima y tiende al silencio.
Ahora que muchos artistas son subsidiarios de cierta inmediatez literaria, destacan con más limpieza los que han confiado en la autonomía y la capacidad contaminante del lenguaje plástico. Un idioma universal capaz de modificar el pensamiento y por tanto cargado de moral.
El poeta-pintor Aurelio era un extranjero. Como tal, veía el mundo con la inquietud y el deseo del que siente con urgencia. Sus árboles de Alhama, sus puentes viejos, nos indicaron lugares que no podíamos encontrar en ningún mapa. Más tarde, obsoletas las referencias nos dio alas para ir del árbol al puente, del puente al amarillo y del amarillo a la casa que es del que la habita, sea este quien sea y venga de donde venga.
Sus cuadros paisajes nómadas poblados por quienes no ven en el Color una vibración de luz sino una patria. No hay horizontes en sus paisajes porque su mirada no fue horizontal porque se volvió hacia él y hacia todos. Sus figuras finalmente huérfanas nadan para siempre en abismos densos de color, convertidos en un único territorio inabarcable. Una brisa de optimista soledad inunda estas obras que tienen la virtud de haber nacido nuevas, cómo noticias de un mundo con el que no contábamos pero ya imprescindible. Un mundo con el entusiasmo de un niño a bordo de una bicicleta con volante.
Aurelio fue un hombre sobrio y vehemente a la vez, tenía la mirada lejana y alerta del que cuida una isla descubierta en secreto. Amueblada despacio con íntimas emociones. La nave en la que navegó tenía por nombre Alcanara y no fue amigo de mucha tripulación. Sí era necesario, podía romper el silencio y defenderse a pecho del abordaje estéril de los hombres grises. En recompensa por tanto esfuerzo en la construcción de un mundo, los dioses le dieron algo que sí tiene mérito : ser para siempre un poeta joven.

Días antes de su fallecimiento fui a visitar a Aurelio. Los dos sabíamos que era la última vez que íbamos a hablar de pintura, recuerdo algunos hermosos y emocionantes silencios. Al final nos despedimos. Él me tendió su mano enferma, temblorosa pero contundente, y yo la estreché conciente de lo que significaba. Pero en el último momento, con un tremendo esfuerzo, apretando con sus pocas energías me miró fijo a los ojos y me dijo: “Haro, desconfía siempre del público”. Después se reclinó sobre la almohada como quien acaba de contarte un gran secreto. Creo que ese tremendo recelo nacía de un instinto de protección hacia lo único que de verdad puede salvar a un artista: su obra.


Murcia, noviembre 2002

Javier Marin

Conocí a Javier Marín a principios de los fértiles y febriles años 80. El efecto Dadá que recorría España llegó a una Murcia que salía del post-Franquismo con una mezcla de somnolencia e ingenuidad y los jóvenes artistas asomábamos el hocico a la calle y a la vida.
Realmente para nosotros la vida era la calle y los bares la prolongación del estudio donde poner a prueba nuestra emergente sensibilidad, que contra todo pronostico se alejaba de la misión que la última generación nos tenía asignada.
La única palabra que tomamos en consideración fue la palabra “LIBERTAD” en el sentido más caleidoscópico que se le puede dar al término. Es cierto que la historia nos daba un respiro: no habíamos visto todavía los ojos del Sida y el capitalismo no tenía aún sucursales en las esquinas de la contracultura. Asistíamos pues, sin saberlo al final de la defensa de los valores personales, eso que en política se ha querido llamar ideología. Y partíamos con una condición indispensable para llegar al fracaso: la confianza absoluta de que nuestra creatividad pondría a la vida de rodillas. Sin embargo, como dejó escrito Jaime Gil de Biedma “ Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde…

Así que en medio de este paisaje entré una noche en uno de esos bares donde construíamos el mundo hora tras hora. Me aposté en la barra, pedí un gin-tónic y me disponía a llevármelo a la boca cuando noté a mi lado una presencia alta y desgarbada. Miré hacia arriba y lo primero que pensé era que Groucho Marx se acababa de disfrazar de Jimmy Hendrick para salir a tomar un trago sin ser descubierto, pero aquella idea era demasiado absurda incluso para una noche de los 80.
Aquel tipo tenía aspecto de ir a la deriva y como no había mucha gente a esas horas empezamos a hablar como dos niños que se encuentran en un parque. No recuerdo muy bien quien empezó antes, pero a juzgar por su cara él también estaba sorprendido por lo que tenía delante. Recuerdo a duras penas nuestra primera conversación, de lo que estoy seguro es de que si pudiera reproducirla sería igualmente incomprensible. Aquella noche se nos hizo muy temprano y a esa noche le siguieron otra noche y otro día, y al día siguiente otro día y otra noche y así durante varios días, al cabo de los cuales nos presentamos por fin con nombre y apellidos. Sin embargo, desde el principio fuimos declarando nuestras vocaciones creativas, ante la desconfianza mutua de que alguien con esa pinta tan poco solvente optara por un oficio tan pretencioso. “¿Qué poemas podría escribir semejante tipo?” Pensé.
Como habíamos hecho buenas migas en lo mundano temí que al leer sus textos no me quedara más remedio que ser sincero y acabar demasiado pronto con una amistad tan peculiar. O tal vez estuviera ante un Mister Hyde literario, que saliera por las noches a pasar la resaca intelectual con el populacho. Sinceramente no se me ocurría que género poético podía practicar mi nuevo amigo. ¿Poesía social? ¿Poesía amorosa? ¿Alguna suerte de jeroglífico poético-experimental con que poner cara de interesante? Intentaba hacer su retrato artístico de camino a su casa, donde había prometido mostrarme sus manuscritos y abrirme la nevera en la modalidad de buffet libre.

Recuerdo la carpetilla azul de cartón que protegía unos folios de baja calidad taladrados por los caracteres metálicos de una Olivetti, mientras la luz del alba entraba por la ventana y los quesitos con pan Bimbo y cerveza nos devolvían la calma y la vida. A medida que me recuperaba de un cansancio y un hambre que siempre hubiera negado, noté que de aquellas frases largas, alborotadas de rimas y arritmias, emergía un significado curiosamente diáfano. Las metáforas florecían como pompas de jabón que al subir explotaban en mi cara dejando un rastro de humedad en la punta de mi nariz, como prueba de su presencia.. No había otra forma de decir lo que allí estaba escrito, estaba ante una poesía tan compleja como cristalina. Como una cebolla roja que a pesar de su aspecto seco fuera enterneciéndose conforme arrancaba sus capas. Imprevisible y absolutamente necesaria.

Dice André Magnin que “el verdadero arte nos ofrece siempre una espera que desconocíamos”. No era una sensación nueva para mi, pero era la primera vez que me ocurría con unos folios sueltos entre las manos y su autor dormido en un sillón de skay frente a mí. Cuando acabé de leer la totalidad de los poemas de aquella carpeta, el sol invadía violentamente la estancia y no tuve más remedio que reconocer que estaba tan agotado que lo más prudente era cerrar los ojos y quedarme donde estaba.

Aquellos versos se publicaron por primera como ganadores del premio Esquío de 1985 en la editorial Valle Inclán de Vigo y un año más tarde en la Editora Regional de Murcia bajo el título “BUFES, VIDA MIA”. Para aquella edición Javier Marín me encargó un código de puntuación, al que llamamos índice de gordas, ya que eso es lo que representa: unas liliputienses gorditas negras que van salpicando el libro, indicándonos entre tanta exaltación donde estamos aproximadamente. Quizás aquel índice no aporte mucho al libro, pero era una forma tácita de sellar nuestra amistad y el mutuo reconocimiento que aun nos tenemos. Por aquella época nos apasionaban las gordas (sobre todo a mi). Entonces no nos atrevíamos a explicar esa tendencia inconfesable, pero con el tiempo he llegado a pensar que “la gorda” representaba el extremo confortable de un ser incomprensible, al que dedicábamos una gran cantidad de tiempo y energía. Las virtudes más deseadas de la mujer se concentraban en ese particular prototipo de semidiosa carnal: la generosidad, la comprensión, la ternura, el humor, el goce, la glotonería, la entrega, el desparpajo, la geometría más melosa, el ácido olor de la piel del deseo y una energía infinita.

Confieso que más tarde he amado,(como tantos) armado con este libro. Haciendo míos algunos versos o ahuyentando los silencios con el libro en una mano y un rumbo incierto en la otra. Pues si es verdad que un buen libro nos ayuda a vivir, un buen libro de poemas nos tiene que ayudar a amar o como dice el cartero de Pablo Neruda “La poesía no pertenece a quien la hace, sino a quien la necesita…

Al Javier de aquellos años debo algunas de las figuras principales de mi “panteón cultural” :
- DE LA GUERRA de Karl Von Klausewick, que usado en términos amatorios no garantiza el éxito pero entretiene los tiempos muertos (que también los tiene el amor).
- Las versiones de “Te Quiero a Morir” y “Un Ramito de violetas” de MANZANITA.
- Los textos de ROALD DAHL.
- “1280 Almas” de JIM THOMPSON.
- “¿Acaso no matan a los caballos?” de HORACE Mc.COY.
- “Escuela de mandarines” de MIGUEL ESPINOSA.
- “Cosecha roja” de DASHIELL HAMMETT.
- “Museo de Cera” de JOSE MARIA ALVAREZ.
- “Triste solitario y final” de OSVALDO SORIANO.
- “Un ciego con una pistola” de CHESTER HIMES.
- La col fresca con pimentón y comino.
- Y el gin-tónic en copa con limón exprimido.

Desde entonces han pasado muchas cosas por la vida de nuestras vidas. Hemos cambiado lo justo para darle al joven que fuimos algunos de los caprichos que le prometimos y esos caprichos nos han convertido en adultos para poder pagarlos con cierta dignidad. Por eso cuando, hace apenas un mes, encontré un ejemplar de “BUFES, VIDA MÍA” en las ofertas 2 por 1 de la feria del libro, un pellizco agridulce me sacudió el corazón. Con veinte años menos hubiera obligado al librero a subirlo a la estantería de la que nunca debió bajarlo, pero pensándolo mejor no era ese un mal sitio para el libro y las historias de las que fue testigo y hasta detonante. Así que me limité a elegir el título del segundo libro para entrar en la oferta. Creo que fue “Las100 mejores partidas de ajedrez de la historia”, un libro que de seguro el propio Javier Marín hubiera usado sin reparos como fuente de inspiración para algún poema.

Durante estos años el libro ha vivido su propia vida y ha entrado en la de mucha gente, cargándose de anécdotas y tejiendo a su alrededor una red de fans de distinto pelaje, no siempre entusiastas de la poesía. Una gran secta a la que podríamos llamar “LOS BUFISTAS”.

En el año 2001 Javier Marín publica “MANUAL DE ENÉRGICAS DUDAS”, Premio Barcarola del año anterior. Una consecuencia de BUFES, VIDA MIA, donde los personajes: Roberta di Camerino, Betsy la mulata, San Agustín o Lancelot emergen con el descaro de un mito joven, pero con toda la fuerza de una leyenda íntima. Y en “RAIZ DE AMOR” de Alfaguara Juvenil, una antología de poemas de amor para jóvenes. También ha publicado esporádicamente en mis cuadernos de notas y en algunos de mis catálogos como el que me dedicó para la carpeta de grabados LA FRAGUA DE VULCANO. Dice así:

- ¿De dónde vienen los colores?

- De la tierra y el fuego.

- ¿Y de donde vienes tú?

- Vengo a dibujar en el techo de tu habitación una piedra y un pájaro,
vengo a retener en mi mente el color de tus ojos
para tintar con él el cristal de mi ventana,
vengo , si quieres, a verte y a estar contigo y conmigo.

- Yo lo que quiero es que te escondas debajo de mi falda
y que me pintes el ombligo con tus manos de herrero
y que crezcas conmigo como un capricho.
Quiero que te tumbes a mi lado
para que veamos salir el sol a través de las paredes
y para que nos bañemos en la espuma de los días que,
aunque tú todavía no lo sabes, viviremos juntos.

Ella inclinó suavemente el cuello,
desparramó su largo cabello mostrando la oreja desnuda y un trozo
de nuca, e inundó la estancia con un denso perfume de bizcocho.


Pero no quiero terminar esta presentación sin hacer referencia a algunos de las ingredientes que hacen de la poesía de Javier Marín una herramienta útil de aproximación al universo femenino y un harakiri emocional no apto para espíritus ortodoxos. Citaré algunos de ellos…

- EL AMOR. Quizás sea esta la excusa principal sobre la que gira la mayor parte de la producción poética de Javier Marín. Pero en este caso no nos enfrentamos a un tipo de amor cuyo fin es simplemente la persona amada sino a un sentimiento más amplio. Un estímulo entre el amor a las cosas de este mundo, digno de San Francisco y la fascinación por el puro trastorno químico cercano a las tesis de “El amante del Amor” de François Truffaut. “Te amo, pero no tiene nada que ver contigo” 0 “ Sí llega el amor, que te encuentre amando” son dos buenos ejemplos de este argumento.

- LA SEDUCCIÓN. A esta misión está dedicado el demonio necesario al que todo artista encarga combatir la obviedad. La seducción es el mecanismo por excelencia. La frustrante estrategia que intenta minimizar el miedo a que nuestros deseos sean rechazados. Lo que hace útil nuestra energía frente a una derrota inevitable.“…la confirmación de la debilidad frente a un enemigo siempre fresco, continuamente llamativo, inteligente en todas las direcciones…” confiesa Javier Marín.

- LA IRONÍA. Una suerte de rendición de antemano por si acaso. Un bálsamo antes de la herida. El uso del humor en nuestro propio beneficio, útil para seducir y para pedir perdón. Para atraer a la presa y para jugar con ella. Como un gato juega con un ratón y lo deja escapar por miedo a que le muerda la lengua si se lo mete en la boca. La ironía nos permite siempre camuflar los dejes de cobardía que nos hace más humanos, sin por ello perder la compostura. “…También eres más fea que un bolígrafo y sin embargo, no le doy la menor importancia…” o “…lo grave del caso es que eres más fea que una sola noche sin ti…”.
- EL FRACASO. El único final tangible. Tanto para el poeta como para el objeto de su poesía. Una coartada perfecta para la vehemencia más absoluta. “…Te amo, mi señora, Como Nerón y los bárbaros amaron a Roma. Experto en todos los fracasos, mi apuesta no tiene límites…” Un aroma que impregna cada verso, hasta el más fiero y que se perpetúa más allá del fin de la aventura a través del recuerdo como en el fragmento que da título al primer libro “…Bufes, vida mía que significa: lo que cuesta perder un universo que un día se tuvo entre las manos…”

- EL ABSURDO. Una apuesta consciente por el caos, con la vaga esperanza de que salgamos ilesos de toda guerra sentimental. Un placebo brillante que nos aleja por un momento del fragor y nos sumerge en el delirio. “…De noche todas las vacas son grandes vacas negras…”

- LA TERNURA. Es el argumento más astuto. La única garantía de una entrega provisional del objeto amado. Un dardo mortal en el talón de Aquiles de un mundo femenino inexpugnable “…Acostumbrado, como pájaro sin patas, a permanecer para siempre suspendido en el aire: he pasado la noche besando tus omoplatos…”

Por tanto amigos estén atentos a la lectura de estos poemas, pues tienen la propiedad de hacer desaparecer a su autor y dejarnos solos frente al mundo, y como por un efecto Venturi ocupar su lugar. Creando la ilusión de que somos los protagonistas y sumergiéndonos a golpes de sonrisa en una tristeza incomprensible.

Murcia , 13 de Diciembre de 2005

La piel de la luz (para WIlly Ramos)

- Maestro ¿cual es el color de la flor en la noche?

- No puede tener color porque aún no es una flor.

- ¿ Entonces cómo puedo ver la flor negra?

- Cuando percibas la roja, la amarilla o la azul. Cuando la luz bañe sus pétalos.

- El color es, por tanto, espejismo.

- Estás confuso, amigo mío. El color es sobrante de luz.

- No comprendo cómo la flor puede ser azul.

- Presta atención: el espectro de luz al llegar a ella penetra como arena en el cedazo, el cual retiene el chinarro, en este caso aparece el profundo azul. Si la trama es más tupida solo pasará el polvo, así brota el blanco. Pero si el tejido es generoso y deja paso al guijarro, tendrás ante ti el negro. ¡ Ese es el color de la flor.!

- Está pues el color en su piel….

- Vuelves a errar joven Yan, el color está en la luz.

- Pero pintando elijo el color de esa flor.

- Tu pensamiento es iluso. Al pintar “iluminas”, pero es la flor quien elige el color. Aunque bien cierto es que no vivió hasta ese instante, tú la creas al sacarla a la luz.

- ¿Y dónde se escondía?

- En ti, mi buen amigo, y en tu ansiedad. Cuando pintas nombras tus sueños y así los muestras, porque lo que no se nombra no existe y por tanto no contagia.

- Si pintar es dar a luz, el pintor es pues una bujía.

- Ciertamente, y como ella padece el orgullo del inicio y el fracaso del tiempo. Como ella, sólo existe si se alumbra a sí mismo.

- ¿Para qué pintar entonces, si el sol ilumina y lo crea todo?

- El sol nos desvela lo terreno, amigo mío, pero al pintar alumbramos lo celeste.

- Creo que ahora logro entender…….


Paseo del maestro Xu –Xian Fo y el joven Yan Shaiku
por el mercado de flores de Xinxiang .


Octubre de 2005