domingo, 31 de julio de 2011

Eco de cíclopes


(A propósito de la exposición Eco de Cíclopes en el interior de la mina Agrupa Vicenta de La Unión en agosto de 2011.)

Me enfrenté por primera vez a la imagen hipnótica de la sierra minera de La Unión en el año 1992 durante la preparación y rodaje del “El infierno prometido” de Juan Manuel Chumilla quien me encargó la dirección de arte de la película junto al fotógrafo Paco Salinas. Los días que pasamos recorriendo los infinitos rincones de la sierra en busca de exteriores supuso para mi una experiencia humana y estética impactante. Aún llegamos a tiempo de asistir al cierre de la última explotación minera y hablar con esos hombres parcos en constante metamorfosis mineral. A través de los lagos de óxido, de las venenosas pieles de sulfatos sobre esqueléticas arquitecturas, de las lenguas de polvo pigmentado y de ese persistente sabor azufrado del aire, mis sentidos no daban tregua al pensamiento. En cada huella, en cada pozo infinito o máquina en descomposición percibía el espectro de unas vidas gastadas en lucha con las entrañas de la tierra. Mientras, mi atracción aumentaba como les sucedió a los artistas románticos del XIX cuando fascinados en sus viajes al sur se rindieron ante los despojos del mundo clásico. Este paisaje post-industrial deudor de la belleza entrópica de la ruina, esta estética sublime que nos lleva hasta el “pasmo” como diría Miguel Espinosa, ha pasado a formar parte de nuestra antropología y es ya por derecho una imagen clásica de la modernidad. Es un lujo, en una región con poca tradición industrial, tener un paisaje tan vinculado a la vanguardia social y estética de la Europa del siglo XX. Pienso que si la sierra minera de la Unión estuviera ubicada en el valle del Ruhr alemán hace años que sería uno de los llamados “lugar de referencia” que ahora intentamos crear artificialmente. Pero asumamos la contradicción, y reconozcamos que a estas alturas sería muy difícil enfrentarse a la belleza sublime de la descomposición. El abandono, a según que cosas le viene muy bien.

En cualquier caso confieso que este es un territorio estético al que estoy predispuesto por tradición familiar y que ya entonces sentí la necesidad de hacer algo para ordenar ese tropel de sensaciones que se agolpaban entre mi cerebro y mi estómago, pero fui absolutamente incapaz de pasar de algunos apuntes en mi cuaderno y del expolio fetichista de unos cuantos objetos que aún conservo con devoción. Sin embargo me faltaba entrar en una mina. Así que cuando pisé por primera vez la Agrupa Vicenta supe que ese era el espacio donde descargar los impulsos que llevaba decantando casi veinte años.

Intervenir en el interior de una mina supone un reto artístico pero sobre todo un fuerte compromiso moral, teniendo en cuenta el peso que impone ese espacio. La labor del minero aparece en nuestro imaginario como un gran sacrificio, tal vez porque la idea de estar soterrado atente contra nuestra vocación natural de libertad salvo si nos encierra el latido de un cuerpo. Pero no parece que la presión de una materia mineral o metálica pueda devolvernos a la paz amniótica. Sin horizonte ni ciclo solar somos vulnerables, los sentidos están alerta y el instinto se tensa hasta el extremo. Si pienso en la vida de esos hombres y niños en las húmedas entrañas del mineral siento un eco espeso que no consigue calmarme. El fotógrafo Jean Claude Wicky en su libro sobre las minas de Potosí lo describe con lucidez: “todos los días, la noche”. La palabra TRABAJO cobra en este caso un significado intenso y me cuesta adscribirla a otras actividades, en particular a procesos artísticos contemporáneos. De ese trabajo han nacido los cantes de las minas trascendiendo el sufrimiento. Son obras cargadas de dolor, quebrada belleza y una esperanza prudente, cantos fraseados sobre la rítmica de la extracción atravesados por la melancolía y un hálito existencial impagable.

La cultura mediterránea, salpicada de textos telúricos, nos educa sobre el viaje del hombre que a través de las sombras va en busca de luz, arte y conocimiento: Orfeo y Eurídice, La divina comedia, el mito de la caverna o los emocionantes poemas de María Cegarra, todos ellos nos hablan del tránsito por las tinieblas. Tal vez bajando a esta mina quiera, palpando la oscuridad, encontrar la razón por la que un hombre va a buscar fortuna en las entrañas de la tierra. Un reconocimiento a esos semidioses de carne y hueso, que con penoso esfuerzo supieron remover montañas y extraer los minerales necesarios para el progreso de otros. Eso es ECO DE CÍCLOPES.

No hay comentarios:

Publicar un comentario